—Viene 1 ambulancia en camino —respondió Arturo con 1 voz tan fría que congeló el aire—. Si das 1 solo paso más, te juro por mi vida que será el último que des.
El tipo, a quien en la colonia conocían como “El Chivo”, soltó 1 carcajada rasposa y metió la mano debajo de su chamarra.
—Es mi vieja y son mis escuincles. Aquí nadie se mete. Si la vieja se muere, es por terca y por inútil.
Arturo bajó la mirada hacia la sábana ensangrentada. La luz reveló algo perturbador: la mujer no solo sufría 1 hemorragia por 1 parto mal atendido en casa. Tenía moretones en los brazos y el labio partido. La habían masacrado a golpes.
—Ella no se va a morir hoy —sentenció el empresario con 1 tono cortante.
En ese instante, el aullido de las sirenas rompió la lluvia. Los paramédicos entraron pateando la puerta, acompañados de 2 escoltas de seguridad privada de Arturo.
El Chivo intentó bloquear el paso, pero la presencia médica y los 2 guardias armados lo acobardaron al instante. Retrocedió como 1 rata.
—¡Sáquenla de aquí ahora mismo! —ordenó Arturo sin dudar 1 segundo.
La paramédica revisó a la madre y palideció.
—Está en choque hipovolémico y tiene 1 cuadro séptico grave. 2 horas más en este chiquero y no la contaba.
Arturo miró hacia la puerta sintiendo 1 asco visceral.
—Yo me llevo a los 2 bebés en mi camioneta —le dijo a Lucía, sacando 1 tarjeta negra sin límite de fondos—. Tú te vas con tu mamá en la ambulancia. Te doy mi palabra de hombre de que nadie las va a separar.
Lucía lo miró con los ojos inundados en lágrimas. En sus 8 años de vida, nadie le había cumplido 1 sola promesa, pero la determinación de ese hombre la hizo asentir.
En el hospital privado más exclusivo de la capital, el dinero movió montañas. Quirófanos preparados, 2 incubadoras listas y 3 cirujanos trabajando de madrugada. Rosa, la madre, entró directo a cirugía.
Arturo se quedó en la sala de espera. Los 2 gemelos por fin dormían en neonatología tras tomarse la fórmula de las 2 latas de leche. La niña, abrazada a sus rodillas en 1 sillón de piel, rompió el silencio.
—Ese señor no es el papá de mis hermanitos —susurró Lucía, mirando el piso—. Mi papá de verdad se fue al cielo hace 7 meses. El Chivo nomás llegó a meterse a la fuerza a la casa. Decía que nos iba a cuidar, pero empezó a vender todas nuestras cosas. Luego le pegaba a mi mami para que se callara, y nos amenazaba con tirarnos a la calle.
Arturo sintió 1 nudo en la garganta. Esa historia le rasgaba heridas muy viejas. Él mismo creció viendo a su madre soportar los abusos de 1 borracho cobarde.
A las 3 de la madrugada, 1 agente del Ministerio Público, 1 abogada de traje impecable, llegó al hospital.
—Señor Garza, activamos el protocolo. El sujeto tiene antecedentes. Pero hay algo mucho más podrido en este caso.
La fiscal abrió 1 pesada carpeta y sacó 1 documento.
—Rosa no escapó del hospital público tras dar a luz. El Chivo la sacó a la fuerza hace 5 días. Falsificó la firma del alta voluntaria para encerrarla, dejarla desangrarse y que muriera.
—¿Por qué demonios haría algo tan monstruoso? —preguntó Arturo, apretando los puños.
—Por pura avaricia —respondió la fiscal—. El esposo legítimo de Rosa falleció en 1 terrible accidente laboral. El Chivo la tenía aislada a golpes para obligarla a endosarle el cheque de la indemnización por viudez. 1 suma que supera los 3 millones de pesos.
Arturo frunció el ceño.
—¿Qué empresa iba a pagarle esa cantidad?
La fiscal leyó la hoja oficial.
—1 corporativo llamado Logística y Transportes Garza.
El silencio fue aplastante. Logística y Transportes Garza era su propia empresa. Su imperio.
—Tráigame ese expediente completo. ¡Ahora! —exigió Arturo.
En menos de 1 hora, su equipo jurídico le mandó los archivos. Julián Hernández, operador de tráiler. Fallecido. Indemnización autorizada y pagada por la empresa. Pero el dinero había sido retenido por 1 supuesto gestor de 1 fundación externa para familias vulnerables.
Arturo leyó el nombre del gestor y la sangre le hirvió. Rigoberto Morales. El mismo gerente del supermercado. El mismo infeliz que había llamado “ratera” a Lucía.
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