PARTE 1
La tormenta caía a cántaros sobre el asfalto agrietado de la periferia en el Estado de México. Lucía, de apenas 8 años, salió corriendo por las puertas automáticas de la tienda de autoservicio. El agua helada le empapaba el cabello, pero el frío no se comparaba con el ardor de la humillación pública.
“¡Lárgate de aquí, maldita ratera muerta de hambre!”, el grito del gerente resonó en todo el estacionamiento. El hombre, corpulento y con el chaleco de la tienda, le había dado 1 empujón brutal que por poco hace que la pequeña se estrelle contra el lodo.
Pero Lucía no soltó su botín. Sus bracitos temblorosos apretaban contra su pecho 2 latas de leche de fórmula. Las protegía con su propia vida, como si en esos envases de metal residiera la única esperanza del universo entero.
Arturo Garza, de 45 años y dueño de 1 de los conglomerados de transporte más grandes del país, presenció la escena desde las cajas registradoras. Estaba ahí de paso, comprando 1 botella de agua tras 1 junta en la zona industrial, pero algo en los ojos de esa niña lo paralizó. No era la mirada de 1 delincuente juvenil; era el terror puro, crudo y asfixiante de 1 criatura acorralada por la desesperación.
Sin decir 1 sola palabra, Arturo pagó el costo de las 2 latas al cajero asustado y salió al aguacero. Su instinto le gritó que algo andaba terriblemente mal. Decidió seguir a la niña a la distancia. Caminó detrás de ella, dejando atrás su camioneta blindada, adentrándose en callejones oscuros donde el lodo reemplazaba al pavimento. Esquivó charcos profundos y puestos de tacos cubiertos con lonas escurridizas, hasta llegar a 1 vecindad en obra negra. Era 1 de esos rincones olvidados, donde el olor a humedad, drenaje y miseria extrema calaba hasta los huesos.
Lucía se escabulló dentro de 1 cuartito cuyo techo era de lámina oxidada. La puerta de madera podrida quedó entreabierta. Arturo se acercó con pasos cautelosos. Desde el interior, el llanto agónico y débil de 2 bebés rompió el silencio de la tormenta. Era el sonido del hambre absoluta.
—Ya llegué, hermanitos, ya no chillen… neta, ya les traje su lechita —susurraba Lucía. Su voz se quebraba, llena de pánico—. Mamita, por favor, ya despierta. Ya no te enojes conmigo, mira lo que conseguí.
El empresario empujó la puerta ligeramente y el estómago se le revolvió. El interior era 1 pesadilla en vida.
Al fondo, sobre 1 colchón manchado tirado directamente en el piso de cemento, yacía 1 mujer joven. Su piel tenía el color de la ceniza, los labios agrietados y los ojos perdidos. Lucía la sacudía de los hombros, pero la mujer no respondía.
Arturo entró al cuarto sin pedir permiso. La niña dio 1 salto hacia atrás, aterrorizada, cubriendo las 2 latas con su cuerpo.
—No te las voy a quitar, pequeña —dijo Arturo con voz suave—. Déjame ayudarlas.
Se arrodilló junto a la mujer y le tomó el pulso. Era 1 latido fantasmal. Entonces, al bajar la vista, 1 escalofrío le recorrió la espina dorsal. Debajo de la cobija raída, había 1 mancha de sangre oscura, espesa y seca. No estaba desmayada por agotamiento; se estaba vaciando por dentro. En su muñeca colgaba 1 pulsera de papel del Seguro Social. Alta por maternidad. Era reciente.
Sacó su celular, marcando de inmediato para pedir 1 ambulancia de terapia intensiva.
—Mi mami lleva 2 días sin despertar bien… —sollozó Lucía—. Él me dijo que nomás se estaba haciendo la floja.
Antes de que Arturo pudiera preguntar a quién se refería, 1 ruido sordo provino de la entrada. El fuerte hedor a cerveza barata y cigarro rancio inundó el cuarto. Arturo giró la cabeza lentamente.
En el marco de la puerta estaba 1 sujeto robusto, empapado, con los ojos inyectados en sangre. No había sorpresa en su rostro al ver a 1 extraño de traje. Solo había 1 instinto asesino y rabia pura. Nadie en esa maldita habitación podía imaginar la magnitud del infierno que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
La bombilla amarillenta que colgaba del techo parpadeó, arrojando sombras siniestras. El hombre dio 1 paso más, cerrando la puerta con 1 golpe sordo.
—¿Qué chingados haces metido en mi casa, güey? —escupió el sujeto, clavando su mirada sobre Arturo—. Y tú, chamaca pendeja, te advertí que no trajeras a nadie a chismear.
Lucía soltó 1 grito ahogado. Dejó las 2 latas y corrió a esconderse detrás de 1 caja de cartón donde los 2 bebés lloraban. El terror que le tenía a ese hombre era más grande que el miedo a la muerte.
Arturo no retrocedió ni 1 centímetro. A sus 45 años, había doblegado a sindicatos corruptos y mafias del transporte. 1 matón de quinta no lo iba a hacer temblar.
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