La abogada de Ximena, una mujer mayor que no había pronunciado palabra, sacó una bocina portátil.
—Y ahora, vamos a reproducir el anexo 4 de nuestra demanda penal —anunció.
La voz de Mauricio retumbó en las 4 paredes. Su risa, su plan de declararla loca, su intención de robarle al niño.
“Con el berrinche del escuincle… metemos el cuento de la depresión… le quitamos al niño. Está loca.”
El abogado de Mauricio cerró su portafolio de golpe. Sudaba frío; su cliente acababa de cavar su propia tumba legal. Paola empezó a temblar.
—Eso… eso es inteligencia artificial, está editado —tartamudeó Mauricio, ahogándose en pánico.
—No, Mauricio. Es tu voz. Eres una basura —sentenció Ximena.
Paola agarró su bolso de marca, queriendo huir.
—¡Yo te juro que no sabía de la lana ni de que te quería quitar al bebé! Yo no soy una ratera —chilló, traicionando a su amante en el acto.
—Pero sí sabías que yo estaba pariendo mientras le abrías las piernas. Eres cómplice, y te vas a hundir con él —le respondió Ximena.
La abogada tomó el control absoluto.
—Exigimos la custodia total para la madre. Una pensión que embargará el 50 por ciento de los ingresos de este señor, y la devolución del dinero robado en menos de 48 horas. Si no firman bajo estas condiciones en este preciso instante, hoy mismo presento la demanda por fraude, violencia patrimonial y psicológica. A ver cómo les va en el reclusorio.
Mauricio pateó la mesa, enloquecido.
—¡Estás loca, me vas a destruir la vida!
Ximena se puso de pie lentamente, abrazando a su bebé como si fuera su escudo y su espada.
—Yo no te destruí, Mauricio. Tú te destruiste solo por creerte más cabrón que yo.
Meses después, el divorcio concluyó. Ximena no sanó de un día para otro. Las terapias y las noches de insomnio duraron mucho tiempo. Pero salió de ahí con su hijo, con su dignidad intacta y con el dinero que le correspondía por ley.
Mauricio lo perdió todo. Su reputación de “gran empresario” se hizo polvo ante su familia. Se quedó sin dinero por los embargos y, como era de esperarse, Paola lo botó a los 10 días, cuando vio que las cuentas de banco estaban bloqueadas y se acabaron los viajes a Tulum.
Ximena regresó a su departamento, lleno de mamilas y juguetes, pero repleto de una paz inquebrantable. A veces, la justicia no necesita golpes. A veces, la peor condena para un cobarde llega en la forma de una mujer ojeroza, con un bebé de 12 días en los brazos, que ellos creyeron que estaba vencida. Porque Ximena no perdió un matrimonio; ese día, la leona despertó y recuperó su vida para siempre.
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