— ¿Tus hijos? — ella soltó una carcajada amarga —. Ahora resulta que son “tus” hijos. Porque cuando se trataba de educarlos, de aguantar sus berrinches y sus lloriqueos por la difunta Clara, siempre me tocaba a mí. Tú solo firmas los cheques, Adrián. Yo soy la que vive este infierno diario.
Mateo comenzó a llorar débilmente, un sonido que apenas salía de sus pulmones congestionados. Emma le acarició la mejilla con ternura.
— No llores, Nono. Papi ya regresó. Él no dejará que nos den más “jugo amargo”.
Adrián sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Miró a Fernanda, quien por un segundo perdió el color en el rostro. Entró a la casa cargando a los dos niños, ignorando los gritos de su esposa sobre “no ensuciar la alfombra persa”. Los llevó a su despacho y cerró la puerta. Su mente volaba. “Jugo amargo”. Esa frase no salía de su cabeza.
Abrió la aplicación de las cámaras de seguridad en su computadora. Quería ver el momento exacto en que los encerró. Pero al intentar cargar los archivos de la semana, apareció un mensaje: “Error de sistema: Archivos eliminados”. Fernanda siempre le había dicho que el sistema fallaba por el internet de la zona, pero ahora sabía que no era un fallo. Era una limpieza.
Adrián comenzó a retroceder las grabaciones grabadas en el disco duro físico que ella no sabía que existía. Sus manos temblaban tanto que casi no podía manejar el ratón. Mientras los minutos pasaban, Emma se acercó a él, tiró de su manga y señaló la pantalla con un dedo pequeño y sucio.
— Papi… busca lo del segundo piso. Ahí es donde ella guarda las botellas que nos obligaba a tomar — dijo la niña con una madurez aterradora.
Adrián sintió un vacío en el estómago que lo hizo querer vomitar. Emma no estaba hablando solo del castigo en el jardín; estaba hablando de algo mucho más oscuro. Con la respiración contenida, logró restaurar un fragmento de video de hace 3 días. Lo que vio en la pantalla lo dejó paralizado. No podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
El video comenzó a reproducirse con una claridad inquietante. En la pantalla, se veía el pasillo del segundo piso, justo frente a la habitación de los niños. Fernanda aparecía caminando con sigilo, llevando una charola con dos vasos de jugo. Pero no entró directamente. Se detuvo en el pasillo, sacó un frasco pequeño de su bolsillo y vertió varias gotas de un líquido transparente en ambos vasos. Entró al cuarto y, minutos después, salió con los vasos vacíos, una sonrisa triunfal dibujada en su rostro.
Adrián sintió que la sangre se le congelaba. Con movimientos frenéticos, buscó más grabaciones. Encontró una del mediodía de ayer, en la cocina. Fernanda estaba hablando por teléfono, creyendo que la servidumbre —a la que casualmente le había dado el día libre— no estaba presente.
— El médico ya firmó el diagnóstico preventivo, mi amor — decía Fernanda entre risas, mientras servía una copa de vino —. Si el niño empeora, la culpa será de la “negligencia” de Adrián. Todo el mundo sabe que él nunca está en casa, que es un padre ausente. Con él fuera del mapa por una investigación de abandono y yo como tutora legal de los huérfanos, el seguro de vida de Clara y las cuentas en Suiza serán nuestras. Solo un par de dosis más de ese sedante y el pequeño Mateo tendrá una “crisis respiratoria” natural.
Adrián tuvo que sostenerse de la mesa para no caer. Emma, viendo la imagen de su madrastra en la pantalla, apretó la mano de su padre.
— Papi… ella decía que si yo contaba lo del jarabe amargo, la policía te llevaría a la cárcel y nosotros nunca volveríamos a ver a la abuela. Yo escondí a Mateo en la casita del perro hoy porque ella venía con la charola otra vez. Preferí que tuviéramos calor a que él no despertara más. Yo lo cuidé, papi. No dejé que bebiera nada hoy.
La revelación golpeó a Adrián como un mazo de hierro. Su hija de 7 años había actuado como un escudo humano, protegiendo a su hermano de un asesinato lento y silencioso, mientras él estaba ocupado cerrando tratos millonarios. El “éxito” que tanto presumía no era más que el pedestal sobre el cual un monstruo había construido su matadero.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió de golpe. Fernanda entró, ya no con la copa de vino, sino con una mirada de puro odio. Había recuperado su compostura y ahora intentaba una nueva táctica.
— Adrián, mi amor, deja de ver tonterías. Los niños fantasean. Sabes que Emma tiene una imaginación muy activa desde que murió su madre. Está resentida conmigo porque trato de poner orden. No puedes creerle a una niña de 7 años por encima de tu esposa.
Adrián giró la pantalla hacia ella. El video estaba pausado justo en el momento en que ella vertía el veneno en el jugo.
— ¿Esto también es imaginación de Emma, Fernanda? ¿O el audio donde planeas quedarte con las cuentas de Suiza con tu amante?
Leave a Comment