PARTE 1
El panteón municipal de un pequeño pueblo en Jalisco hervía bajo el sol de las 2 de la tarde, pero el sudor que escurría por la frente de los sepultureros no era por el calor. Era por el terror. El ataúd de madera blanca, adornado con coronas de flores caras y 1 cruz dorada, parecía estar clavado al centro de la tierra.
Camila, 1 joven de apenas 22 años, había sido declarada muerta 24 horas antes. Su suegra, Doña Matilde, observaba la escena con las manos temblorosas aferradas a su rebozo negro. El viento levantaba el polvo rojizo del cementerio, golpeando los rostros de los curiosos que se habían congregado para despedir a la muchacha. La historia oficial, contada por su viudo, Héctor, de 28 años, era que Camila había sufrido 1 paro cardíaco durante la labor de parto. Según él, la bebé de 9 meses de gestación tampoco había sobrevivido.
Héctor estaba parado a 3 metros de la fosa. Llevaba 1 traje negro impecable, gafas oscuras y 1 postura rígida. No había derramado ni 1 sola lágrima. Desde las 5 de la mañana del día anterior, cuando salió de la sala del hospital privado con la noticia, Doña Matilde sintió 1 punzada de hielo en el pecho. Ella conocía a su hijo. Sabía de sus deudas, de sus arranques de ira y de la forma posesiva en que controlaba cada peso y cada paso de Camila.
—No quiero velorio público —había ordenado Héctor, pagando grandes sumas de dinero para acelerar el entierro—. Quedó muy lastimada. Hay que recordarla como era.
Nadie se atrevió a contradecirlo, excepto Doña Matilde. Ella había suplicado ver el cuerpo de la nuera a la que amaba como a 1 hija de sangre, pero Héctor le cerró la puerta en la cara.
Ahora, al borde de la tumba, el misterio se volvía insoportable.
—A la cuenta de 3 —gritó el capataz del panteón—. ¡1… 2… 3!
4 hombres fornidos tiraron de las cuerdas gruesas para levantar la caja y bajarla a la fosa. Sus músculos se tensaron, las venas de sus cuellos saltaron, pero la madera ni siquiera crujió. El ataúd no se movió ni 1 centímetro.
Los murmullos entre la gente comenzaron a crecer como un enjambre. Las mujeres mayores se persignaban, murmurando que cuando el muerto pesa de esa manera, es porque su alma se niega a dejar este mundo por 1 injusticia terrible.
Héctor, visiblemente nervioso, se quitó las gafas.
—¡Llamen a más gente! ¡Terminen con esto ya! —gritó con voz aguda, perdiendo la compostura.
4 hombres más saltaron para ayudar. Ahora eran 8 hombres sudando, maldiciendo, tirando con todas sus fuerzas. Nada. La caja blanca, de apenas unos 80 kilos más el supuesto peso de 1 cuerpo menudo, parecía pesar 1 tonelada.
Fue entonces cuando el silencio cayó de golpe sobre el panteón, cortado únicamente por 1 sonido que heló la sangre de todos los presentes.
Toc. Toc.
1 sonido sordo. Débil. Venía desde adentro de la madera.
Doña Matilde soltó el rosario, que cayó al polvo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—¡Ábranlo! —gritó con 1 fuerza que le desgarró la garganta—. ¡Abran la caja, maldita sea!
—¡Estás loca, mamá! —rugió Héctor, agarrándola del brazo con violencia para arrastrarla lejos—. ¡Es la madera crujiendo por el calor! ¡Entiérrenla ya!
—¡Suéltame, desgraciado! —Doña Matilde le cruzó el rostro con 1 bofetada que resonó en todo el cementerio—. ¡Yo sé muy bien por qué pesa!
1 de los sepultureros, ignorando las amenazas de Héctor, sacó 1 palanca de metal de su cinturón. Con 2 movimientos secos, rompió los sellos de seguridad que el hospital había puesto. La tapa se levantó lentamente.
Un olor penetrante a químicos baratos inundó el aire, pero no había rastro de descomposición. Bajo el velo blanco, el rostro de Camila estaba pálido como la cera, pero sus manos… sus manos estaban destrozadas. Tenía las uñas rotas, sangrantes, llenas de astillas de madera. Y entre sus dedos ensangrentados, sostenía 1 pedazo de papel arrugado.
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