PARTE 1
Hacía exactamente 6 meses que el matrimonio de Lucía se había hecho pedazos en un frío juzgado de la capital. Aquella tarde gris en la Ciudad de México, la lluvia golpeaba con furia los enormes ventanales de una clínica privada ubicada en la colonia Roma. En el centro de la elegante habitación, sobre una cama de sábanas impecables, Lucía sostenía contra su pecho a su hija recién nacida. La pequeña, con la piel aún enrojecida y los puños cerrados con fuerza, parecía haber llegado a este mundo dispuesta a defenderse de todo. El ambiente olía a desinfectante esterilizado, mezclado sutilmente con el aroma dulce de 2 gigantescos arreglos florales que la madre de Lucía había colocado sobre la mesa antes de salir al pasillo a buscar café.
El denso silencio del cuarto fue roto abruptamente por la vibración insistente de un teléfono celular. Lucía giró el rostro y miró la pantalla iluminada. El identificador mostraba un nombre que hizo que la sangre se le helara en las venas: Mateo Salvatierra. Su arrogante exesposo.
Casi decidió ignorar la llamada y apagar el dispositivo, pero una intuición fría y calculadora la obligó a contestar.
Desde el otro lado de la línea, el bullicio era inconfundible. Se escuchaban violines tocando una melodía clásica, el choque constante de copas de cristal fino y las risas estridentes de la alta sociedad. Mateo estaba llamando desde el atrio de una parroquia exclusiva en Polanco, rodeado de sus invitados adinerados y empresarios corruptos.
—Lucía —dijo él, con una voz cargada de una alegría que destilaba veneno puro—. Quería tener la cortesía de que lo supieras por mi propia boca. Hoy me caso con Valeria. En exactamente 1 hora entraremos a la iglesia para jurarnos amor eterno.
Lucía bajó la mirada hacia su bebé. Los diminutos dedos de la niña se enredaban perezosamente en la tela de la bata quirúrgica. Mateo esperaba aplausos sarcásticos, esperaba escucharla llorar y rogar, tal como lo había hecho 6 meses atrás frente al magistrado, cuando él la tachó públicamente de ser una mujer inestable, amargada y frígida. En aquel entonces, Mateo movió sus influencias y convenció al tribunal de que Lucía no merecía quedarse con la mansión en Las Lomas, ni con el 10 por ciento de las acciones de la compañía, ni con una sola gota de dignidad.
—Felicidades —respondió Lucía, con el tono más gélido y plano que pudo articular.
Mateo soltó una carcajada burlona que resonó en el auricular.
—Siempre tan seca y aburrida. Por eso lo nuestro terminó en el fondo de un pozo. Te llamo para invitarte a la recepción del banquete. Valeria dice que sería un acto de madurez cerrar ciclos entre nosotros. Además, no queremos arrastrar rencores de fracasados en nuestra nueva y perfecta vida.
Valeria. La simple asistente ejecutiva. La misma mujer hipócrita que le sonreía a Lucía en los pasillos de la empresa diciéndole “qué elegante se ve hoy, señora Salvatierra”, mientras se revolcaba con Mateo en 4 viajes de negocios distintos a Monterrey, Guadalajara y Cancún. La misma empleada desleal que le servía café descafeinado a Lucía en las juntas y luego revisaba sus correos personales a escondidas para entregarle toda la información privada a su jefe.
—Acabo de dar a luz —pronunció Lucía, despacio, marcando cada sílaba con una claridad aterradora—. No voy a ir a ningún lado.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado y sepulcral. La música de fondo en Polanco seguía sonando alegremente, pero la respiración de Mateo se cortó de tajo, como si alguien le hubiera pisado la garganta.
—¿Qué demonios acabas de decir?
—Que acabo de tener a mi hija. Hace apenas 2 horas.
—¿De quién es ese bebé? —la voz de Mateo ya no sonaba triunfante ni arrogante; sonaba genuinamente asustada.
Lucía acomodó delicadamente la manta rosa alrededor del cuerpo de la niña. La Lucía frágil, la esposa sumisa que lloraba en los tribunales, había quedado sepultada bajo los escombros de su divorcio.
—Regresa a tu glamurosa boda, Mateo. Tu radiante novia te espera en el altar.
—Lucía —exigió él, con un hilo de voz ronco y desesperado—. Dime en este maldito instante que esa niña no es mía.
Lucía miró a través del cristal empapado. La inmensa metrópoli brillaba bajo la tormenta, gris, caótica y hermosa.
—Firmaste todos los documentos de separación sin leer las cláusulas médicas y patrimoniales, Mateo. Siempre fuiste un completo inútil para revisar los detalles importantes.
Colgó la llamada y bloqueó la pantalla. Exactamente 30 minutos después, la pesada puerta de la habitación del hospital fue abierta con una violencia que hizo temblar las paredes.
Mateo irrumpió en el cuarto. Llevaba puesto un esmoquin negro carísimo, pero su rostro estaba pálido como el papel, empapado en sudor frío, y el moño de seda le colgaba deshecho del cuello. Detrás de él, apareció Valeria. Llevaba un ostentoso vestido de novia de diseñador, un velo largo que arrastraba por el suelo esterilizado y un collar con 15 diamantes temblando sobre su pecho debido a su respiración agitada.
Mateo clavó la mirada, horrorizado, en la bebé que descansaba en los brazos de su exesposa. Luego, levantó los ojos inyectados en sangre hacia Lucía.
—Tú planeaste todo esto para destruirme el día de hoy —susurró él, paralizado por el terror.
—No, Mateo —respondió Lucía, sin alterar ni 1 músculo de su rostro—. Todo este infierno te lo construiste tú solo.
Por primera vez en los 5 años que llevaban de conocerse, Lucía vio verdadero pánico brillando en la mirada del intocable heredero de Grupo Salvatierra. Nadie en esa habitación podía imaginar la magnitud de la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre ellos…
PARTE 2
Valeria fue la primera en recuperar el habla, impulsada por la furia. Avanzó hacia el centro de la habitación pisando fuerte, levantando apenas la falda de tul de su vestido blanco para que no tocara el linóleo del hospital. Su costoso perfume francés invadió el aire, asfixiando el olor a clínica médica, pero su característica sonrisa de superioridad temblaba visiblemente bajo las 3 pesadas capas de maquillaje perfecto.
—Esto es una bajeza imperdonable —escupió Valeria, señalando a la cama con un dedo acusador—. ¿Inventar un bebé de la nada para arruinar el día de mi boda? ¿Tan desesperada, sola y miserable estás, Lucía?
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