Finalmente, cuando el reloj marcaba las 5 de la mañana, 1 doctora salió a la sala de espera. Llevaba el uniforme arrugado y el rostro marcado por el cansancio extremo.
—¿Familiares directos de Valeria Rodríguez?
—¡Yo soy su esposo, doctora! ¡Dígame la verdad, se lo suplico! —gritó Mateo, acercándose casi corriendo.
La doctora lo miró fijamente y soltó 1 suspiro pesado.
—Tu esposa llegó en estado crítico. Presenta 1 cuadro de trombosis venosa profunda severa en ambas piernas, lo cual se agravó por 1 preeclampsia que le disparó la presión arterial a niveles mortales. Estábamos a escasos minutos de que los coágulos de sangre viajaran directo a sus pulmones o a su corazón, causando 1 infarto fulminante. Si hubieran esperado 1 o 2 horas más en su casa, perdíamos a los 2 sin remedio.
Mateo no soportó el peso de esas palabras. Se cubrió el rostro con ambas manos y rompió a llorar frente a los demás familiares en la sala, sin importarle en lo absoluto quién lo estuviera viendo. Lloró con rabia contra sí mismo, con 1 culpa aplastante, pero también soltó lágrimas de un inmenso alivio.
—Pero logramos estabilizarla —continuó la doctora, colocando 1 mano compasiva sobre el hombro de Mateo—. Fue muy difícil, pero lo logramos. Y el bebé que trae es 1 verdadero guerrero; sus latidos son fuertes y sigue aferrado a la vida. Sin embargo, tu mujer necesita reposo absoluto en cama, tratamiento anticoagulante estricto y, sobre todo, cero estrés. ¿Me escuchas bien? Cero problemas, cero corajes, cero estrés en su entorno.
Mateo asintió con la cabeza de forma desesperada. Minutos después, le permitieron el acceso a la zona de recuperación. La habitación estaba en penumbras. Valeria estaba conectada a 3 monitores diferentes y a varias bolsas de suero, lucía extremadamente pálida, pero estaba viva y respirando con calma.
Él se acercó caminando de puntillas, se arrodilló junto a la cama del hospital y pegó su frente a la mano de su esposa, que estaba canalizada con agujas.
—Nunca más, mi amor —le susurró Mateo, con la voz quebrada por el llanto—. Nunca más en la vida vas a tener que tragarte el dolor tú sola por miedo. Esa mujer que dice ser mi madre no vuelve a pisar nuestra banqueta jamás. A partir de hoy, en este mundo solo somos tú, yo y nuestro bebé. Y si algún día tienes miedo de algo, me lo gritas en la cara, pero por lo que más quieras, no te me vuelvas a esconder debajo de 1 cobija para morir en silencio.
Valeria abrió los ojos lentamente. Le acarició el cabello a su esposo con su mano libre y le regaló 1 sonrisa llena de lágrimas, asintiendo débilmente.
Esa misma semana, Mateo regresó a su casa solo para empacar todas las pertenencias de Doña Carmen en bolsas de basura negras. Le pagó 1 boleto de autobús de regreso a su pueblo y la corrió definitivamente. Hubo gritos, llantos de manipulación y chantajes donde la señora le juraba que Dios lo iba a castigar por ser 1 “mal hijo”, pero a Mateo no le importó en lo más mínimo. Él ya había aprendido a la mala que cuando formas tu propia familia, tu verdadera sangre, tu lealtad y tu prioridad absoluta deben ser tu esposa y tus hijos.
Los siguientes 3 meses fueron de una dedicación total. Mateo renunció a sus jornadas de 16 horas manejando el auto y consiguió 1 empleo formal en 1 fábrica de plásticos que estaba a solo 4 calles de su casa, para poder salir corriendo en sus horas de comida y darle de comer a Valeria en la boca. Él mismo le lavaba la ropa a mano, le inyectaba sus medicamentos en el vientre, le daba masajes suaves en las piernas para mejorar la circulación y le preparaba la comida todos los días, sin quejarse ni 1 solo segundo.
Finalmente, 1 madrugada fría, las contracciones llegaron. Esta vez, Valeria no se guardó el dolor. Gritó con todas sus fuerzas, apretó la mano de Mateo hasta casi fracturársela y le exigió que la llevara al hospital en ese mismo instante.
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