Las piernas de Valeria no parecían pertenecer a un ser humano. Estaban monstruosamente hinchadas, deformadas hasta el doble de su tamaño normal, y completamente cubiertas por enormes hematomas de color negro y morado oscuro que trepaban desde los tobillos hasta la parte alta de los muslos. La piel lucía tan tensa y brillante que parecía a punto de reventar, con zonas rojas y calientes que gritaban la presencia de 1 infección brutal y avanzada.
Mateo soltó la cobija de tigre como si estuviera ardiendo en llamas. Sintió que el oxígeno desaparecía por completo de la pequeña habitación. Las piernas no le respondieron y cayó de rodillas al suelo de cemento, llevándose ambas manos a la cabeza. Su rostro perdió hasta la última gota de color.
—¡Virgen santísima, Valeria! —gritó Mateo, con la voz rota y el corazón latiendo a mil por hora—. ¿Qué te pasó en las piernas? ¿Por qué no me dijiste nada, por el amor de Dios?
Valeria rompió en 1 llanto histérico, desesperado. Se abrazó su enorme vientre de 6 meses con ambas manos, temblando como una hoja en medio de un huracán.
—¡Tenía mucho miedo, Mateo, tenía terror! —sollozó ella, hiperventilando y apenas pudiendo articular las palabras—. Tu mamá entraba todos los días a decirme que las mujeres débiles terminan matando a sus hijos… me decía que si me quejaba o te daba problemas, te ibas a cansar de mí y me ibas a abandonar por ser 1 mujer inservible.
Mateo sintió como si le hubieran dado 1 golpe con un bate de béisbol directo en el estómago. Las palabras de su esposa eran cuchillos afilados clavándose en su conciencia.
—¡Hace 2 años perdimos a nuestro primer bebé y tu mamá dijo que fue mi culpa por no cuidarme! —continuó Valeria, ahogándose en su propio llanto—. Si te enseñaba que mis piernas se estaban pudriendo, me ibas a llevar de urgencia al seguro, los doctores me iban a decir que mi bebé estaba mal, y yo no iba a soportar que me lo sacaran muerto otra vez… ¡Preferí aguantarme este dolor infernal y pudrirme en esta cama con tal de que mi bebé siguiera vivo dentro de mí!
Doña Carmen, que había estado escuchando los gritos desde el pasillo, asomó la cabeza por el marco de la puerta con una expresión de molestia y burla. “Ay, por favor, Mateo, no seas exagerado. De seguro es pura retención de líquidos, es normal, yo me hinchaba igual, dile que se levante a caminar y ya…”, comenzó a decir la mujer mayor, cruzándose de brazos.
Mateo se levantó del piso lentamente, como 1 león herido y lleno de furia. Sus ojos inyectados en sangre miraron a su madre con un desprecio absoluto. Caminó hacia ella y le apuntó a la cara con 1 dedo tembloroso.
—¡Te largas de mi casa en este maldito instante! —rugió Mateo, con 1 voz tan potente y llena de odio que hizo retroceder a la anciana—. ¡Por tu maldito veneno, por tus chismes de porquería, mi esposa y mi hijo se están muriendo en esta cama! ¡Agarra tus chivas y lárgate, no te quiero volver a ver en mi vida!
Sin esperar a ver si su madre obedecía, Mateo sacó su celular con las manos empapadas en sudor frío y marcó de inmediato al 911. La voz le temblaba de tal manera que tuvo que gritar su dirección en Ecatepec 3 veces para que la operadora le entendiera.
Mientras escuchaba a lo lejos las sirenas de la ambulancia acercándose, Mateo corrió hacia la cama y envolvió a Valeria entre sus brazos. Ella ardía en 1 fiebre altísima, estaba casi delirando por el dolor y la infección.
—Perdóname, mi amor, perdóname por dejarte sola tanto tiempo, por meter a esa mujer a nuestra casa y no protegerte —lloraba Mateo sin consuelo, besando la frente de su esposa cubierta de sudor—. Los voy a salvar a los 2, te lo juro por mi vida, no los voy a dejar ir.
Los paramédicos entraron corriendo con la camilla. Al destapar las piernas de Valeria, 1 de los rescatistas soltó 1 grosería por lo bajo, impactado por la gravedad de la situación. La subieron de urgencia, le pusieron oxígeno y salieron volando hacia el hospital general. Durante el trayecto en la ambulancia, Valeria iba perdiendo el conocimiento. Mateo le apretaba la mano con tanta fuerza que sus nudillos estaban completamente blancos, rezando todas las oraciones que se sabía en sus 32 años de vida.
Llegaron a la zona de urgencias y en 1 segundo se la arrebataron de las manos. Las puertas dobles se abrieron de golpe, tragándose a su esposa entre luces blancas y enfermeros corriendo. Mateo se quedó completamente solo en la fría sala de espera, sintiendo que el alma se le escapaba del cuerpo.
Fueron 6 horas de un silencio aterrador. 6 horas en las que Mateo caminó de 1 lado a otro, arrancándose el cabello de desesperación. Se sentía el peor hombre del mundo, recordando cada instante en que su madre llamó “mantenida” a Valeria y él, por evitar un conflicto familiar, decidió quedarse callado en lugar de defender a la mujer que amaba.
Leave a Comment