Una tarde pasé frente a un taller de pintura. Entré por curiosidad y encontré a mi antigua maestra universitaria, la profesora Diana. Al verme, sonrió como si hubiera recuperado a una alumna perdida.
—Clara, tú tenías un don —me dijo—. No lo dejaste morir, solo lo dejaste dormido.
Volví a pintar.
Mis primeras líneas temblaban. Mis manos estaban torpes. Pero cada pincelada me devolvía algo: mi voz, mi rabia, mi ternura, mi nombre.
Meses después, el tratamiento dio buenos resultados. El médico dijo que, con cuidados, podía vivir muchos años más. A los 67, hice mi primera exposición de paisajes. No fue enorme, pero la sala estaba llena. Gracia lloraba en primera fila.
Jaime apareció al final. Se veía envejecido.
—Clara —dijo—, vendí la casa. Te transferí dinero para tu tratamiento. Quiero ayudarte. Quiero volver a intentarlo.
Lo miré con compasión, pero sin nostalgia.
—No necesito tu dinero, Jaime. Y tampoco necesito regresar.
—Te extraño.
—Extrañas lo que hacía por ti. Tal vez también extrañas a la mujer que nunca cuidaste. Pero esa mujer ya no vive conmigo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Me arrepiento.
—Ojalá ese arrepentimiento te vuelva mejor persona. Pero no me obliga a volver.
Me di la vuelta y entré de nuevo a la galería. En la pared principal colgaba mi cuadro favorito: una mujer caminando sola por una calle luminosa, con una maleta en una mano y flores brotando del suelo a cada paso.
Lo titulé: “Todavía soy mía”.
Esa noche, muchas mujeres se acercaron a contarme sus historias. Algunas lloraban. Otras solo me tomaban la mano.
Entonces entendí que mi vida no terminó cuando me enfermé, ni cuando me divorcié, ni cuando mi familia me falló.
Mi vida empezó el día en que dejé de pedir permiso para existir.
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