Mi esposo plantó dr*gas en mi bolso para meterme en la cárcel y apoderarse de toda mi fortuna, pero entonces, el carcelero me miró de repente y dijo: “Esta noche, empezamos nuestro plan…”

Mi esposo plantó dr*gas en mi bolso para meterme en la cárcel y apoderarse de toda mi fortuna, pero entonces, el carcelero me miró de repente y dijo: “Esta noche, empezamos nuestro plan…”

Isabel, de pie en la puerta, llegó a una conclusión diferente. Pensó que Carlos solo estaba actuando. Lo acusó de haber movido el contenido a propósito para hacerle creer que no le quedaba dinero, pero Carlos no escuchaba, solo miraba fijamente la rosa negra. En su mente, la voz de Elena resonaba de nuevo. Carlos se dio cuenta de algo aterrador. Aunque Elena estuviera en la cárcel, sus manos, de alguna manera inexplicable, llegaban hasta el interior de su dormitorio. Este terror había llegado a su punto álgido. Aquella noche, en la mansión que habían usurpado no había seguridad, ni amor, ni riqueza, solo un miedo intenso y un odio ardiente entre dos ladrones que ahora se devoraban mutuamente.

La tensión en la mansión desembocó en un silencio mortal. Después de descubrir que el contenido de la caja fuerte se había convertido en ladrillos y una rosa negra, Carlos se volvió como un loco. Se encerró en la habitación de invitados, armado con un bate de béisbol, vigilando contra enemigos que solo existían en su mente. Mientras tanto, Isabel se dio cuenta de que su tiempo en esa casa había terminado. Si se quedaba, solo le esperaban dos destinos: ser víctima de la violencia de Carlos o ser atrapada por la policía como cebo para sus crímenes.

Su instinto de supervivencia prevaleció. Tenía que escapar esa misma noche. Por la mañana, cuando parecía que Carlos dormía, Isabel se movió con sigilo. Entró en el despacho de Carlos. Sabía que él guardaba algo de dinero en un cajón con llave. Era poco comparado con lo que había desaparecido de la caja fuerte, pero suficiente para comprar un billete de avión y sobrevivir unos días en otro país. Forzó el cajón. Al abrirlo, encontró varios fajos de billetes y algunas joyas. Rápidamente los metió en su bolso grande. También cogió su pasaporte. No se llevó mucha ropa. Salió corriendo de la casa hacia el garaje.

Sus manos temblaban mientras introducía la llave en el costoso sedán. Cuando el motor arrancó, respiró aliviada. Dio marcha atrás rápidamente. Al llegar a la calle, pisó el acelerador a fondo, rompiendo el silencio de la noche. Su destino, el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas. Planeaba tomar el primer vuelo a un país cercano, sin tratado de extradición. Mientras conducía, miraba constantemente por el espejo retrovisor. Sentía que un coche negro la seguía, pero cada vez que miraba no había nadie. La paranoia de Carlos se le había contagiado. La sombra de Elena atormentaba su mente.

“Elena está en la cárcel”, se susurró a sí misma. “No puede hacerme nada. Soy libre.” Pero en el fondo de su corazón el remordimiento y el miedo se mezclaban. Al llegar al aeropuerto todavía estaba tranquilo. Se apresuró a ir al mostrador de facturación. Compró un billete en efectivo para no dejar rastro. Cuando obtuvo la tarjeta de embarque, se sintió un poco más ligera. Se dirigió a la puerta de control de pasaportes. Pensó que solo una puerta la separaba de la libertad. Hizo cola inquieta. Cuando le tocó el turno, entregó su pasaporte al oficial de inmigración.

El oficial escaneó su pasaporte, pero en lugar de sellarlo, frunció el ceño, tecleó algo en el ordenador y llamó a un colega. Isabel empezó a entrar en pánico. “¿Hay algún problema, señor? Mi avión está a punto de salir”, preguntó con voz temblorosa. El oficial la miró fijamente. “Lo siento, señora Isabel. Su pasaporte está marcado en nuestro sistema. Está usted en la lista de personas con prohibición de salida.” Los ojos de Isabel se abrieron como platos. “¿Prohibición de salida? Imposible. No tengo antecedentes penales”, gritó.

Antes de que pudiera protestar, dos agentes de seguridad más corpulentos aparecieron detrás de ella. “Señora Isabel, acompáñenos a la sala de interrogatorios”, dijo uno de ellos. Intentó resistirse, pero la sujetaron con fuerza. La sacaron de la cola mientras la gente la miraba. La llevaron no a una oficina normal, sino a un pasillo oculto en la parte trasera del aeropuerto, a una sala de interrogatorios con paredes insonorizadas. La obligaron a sentarse, le quitaron el bolso, el dinero y las joyas. “Se confisca como prueba en un caso de blanqueo de capitales”, dijo uno.

Isabel gritó: “Es mi dinero.” El agente sonrió con desdén. “¿Cree que somos la policía? Su caso está en manos de una autoridad superior.” La sangre de Isabel Seeló. Se dio cuenta de que sus uniformes eran diferentes. ¿Quiénes eran? La dejaron sola en la fría habitación durante horas con hambre y sed. Su mente estaba destrozada. Era obra de Carlos o de alguien más. Antes del amanecer, la puerta se abrió, pero no la llevaron a una celda. La sacaron por la zona de carga a una carretera oscura y silenciosa.

“Váyase”, dijo el agente empujándola a un lado de la carretera, “pero no puede volver a casa y no puede salir de la ciudad. Vigilamos cada uno de sus movimientos.” El agente volvió a entrar y la dejó sola. Isabel temblaba sin dinero, sin teléfono, sin coche, sin un lugar a donde ir. El aire de la madrugada era frío. Se había convertido en una mendiga en un instante.

De repente, un lujoso sedán negro se detuvo frente a ella. Isabel retrocedió asustada. La ventanilla trasera bajó lentamente. Desde el interior escuchó una voz familiar, una voz que pensó que había silenciado en la cárcel. Una voz tranquila, pero llena de peligro. “¿Necesitas que te lleve al infierno, Isabel?” Los ojos de Isabel se abrieron de par en par. Se le secó la garganta. Conocía esa voz. Era la voz de Elena. Pero, ¿cómo?

Isabel quiso gritar, pero no le salió ningún sonido. A través de la ventanilla entreabierta, vislumbró a una mujer sentada elegantemente, sosteniendo una copa de zumo de granada. El aura de poder que emanaba del coche hizo que Isabel se arrodillara. Cayó sobre el sucio asfalto, llorando sin sonido por el puro terror. El coche no esperó respuesta. La ventanilla se cerró y se marchó a toda velocidad, dejando a Isabel destrozada en medio del polvo, sola para enfrentar un destino aún más oscuro.

El amanecer no trajo calor para Carlos. Se despertó en el suelo del salón, con la cabeza pesada y el cuerpo dolorido. La mansión parecía una tumba enorme. Isabel se había ido, llevándose la cordura y la seguridad de Carlos. Su caja fuerte estaba vacía. Caminó hacia la cocina y vio un montón de facturas debajo de la puerta, cartas de cobro del banco y de los proveedores. El plazo para devolver el préstamo a la señora Viera también estaba a punto de expirar y sabía que no tenía dinero para pagar. El miedo comenzó a devorarlo.

Llamó al número de la señora Viera, pero siempre saltaba el buzón de voz. Desesperado, se apresuró a ir a la oficina de la señora Viera en un lujoso edificio de Madrid. Mientras conducía, inventaba mentiras. Diría que solo había un problema con el banco o inventaría una historia familiar para dar lástima. Al llegar al edificio habló con la recepcionista. Le permitieron subir. Se sintió aliviado, pensando que todavía lo respetaban. El ascensor lo llevó al piso más alto. Al abrirse las puertas, se encontró con una oficina amplia y silenciosa.

Al final de la sala había una gran puerta custodiada por dos guardaespaldas. Carlos se puso nervioso. Uno de los guardaespaldas abrió la puerta. Carlos entró en una enorme oficina con paredes de cristal que ofrecían vistas de toda la ciudad. En el centro había un gran escritorio de espaldas a la puerta. La silla estaba de cara a la ventana. “Señora Viera”, la llamó comenzando su actuación. Nadie respondió. La silla giró lentamente. El corazón de Carlos se detuvo al ver quién estaba sentado.

No era la señora Viera con su ropa glamurosa. Allí estaba sentada Elena, su esposa, la mujer que debería estar en la cárcel. Llevaba un vestido sencillo como antes. La única diferencia eran sus ojos, no los ojos de una esposa sumisa, sino los de una reina juzgando a un cautivo. En su cuello colgaba el collar con la rosa negra. Carlos retrocedió, abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. ¿Una alucinación? ¿Un fantasma o la realidad? Elena lo miró sin emoción. A su lado estaba Roberto, el guardia de la prisión, ahora vestido con un traje formal. La presencia de Roberto era la confirmación de que no era un sueño. Era la más amarga de las realidades.

“¿Cómo? ¿Cómo has salido?”, preguntó Carlos tartamudeando. Elena sonrió. Una sonrisa que le heló la sangre de Carlos. Respondió con calma que la cárcel era solo un edificio y la ley, un escrito en papel que podía ser cambiado por quien tuviera el poder. Elena le explicó que no existía ninguna señora Viera. Todo el dinero, todos los acuerdos eran una trampa creada por ella. El dinero que Carlos había malgastado provenía de la herencia de la madre de Elena, que le pertenecía por derecho.

Carlos cayó de rodillas, se dio cuenta de lo estúpido que había sido. Había entregado su vida entera a la persona a la que más había dañado. Elena cogió una carpeta gruesa y se la arrojó. Eran documentos de transferencia de propiedad. Elena le ordenó que los firmara. Contenían la devolución de todas las propiedades a Elena y un reconocimiento de una deuda que no podría pagar en toda su vida. Carlos intentó levantarse, gritó que no firmaría. Amenazó con denunciar a Elena a la policía como una fugitiva.

Elena se rió suavemente. Le dijo que lo intentara, pero que antes de que pudiera salir del edificio, la policía lo arrestaría, no por la fuga de Elena, sino por un kilo de drogas que los hombres de Roberto acababan de colocar en su coche en el sótano. Carlos palideció. No tenía escapatoria. Si no firmaba, iría a la cárcel como un narcotraficante. El mismo delito que él le había imputado a Elena. Si firmaba, se convertiría en un mendigo. Elena le dio un minuto para decidir antes de llamar al jefe de policía.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top