El silencio se alargó.
Negué con la cabeza.
—No. Yo te enterré. Lloré por ti. He vivido como una sombra estos cinco meses. No puedes aparecer así… y pedirme que lo olvide.
Mi voz se quebró.
Apretó los puños.
Podía verlo.
Estaba luchando.
Entre decir la verdad… o seguir mintiendo.
Finalmente…
Abrió la puerta.
Y volvió a mirarme.
—Entre.
La puerta se cerró detrás de mí con un “clic” seco.
Adentro estaba oscuro y frío. Un olor a humedad mezclado con metal me incomodó.
Encendió la luz.
La tenue iluminación reveló una habitación pequeña… pero lo que me dejó sin aliento no fue el lugar.
Fue la pared.
Llena de fotos.
Fotos mías.
Fotos nuestras.
Fotos de él.
Algunas antiguas. Otras recientes. Algunas tomadas a escondidas.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué… es esto…?
Me giré hacia él.
Estaba allí. En silencio.
Ya no negaba nada.
Ya no huía.
Solo quedaba… la verdad.
—Nunca morí —dijo.
Mi mundo… se derrumbó por tercera vez.
—…¿Qué?
—El funeral fue real. Pero el hombre dentro del ataúd… no era yo.
Sentí un zumbido en los oídos.
—¿Por qué…? —susurré—. ¿Por qué me hiciste esto…?
Cerró los ojos por un segundo.
Cuando los abrió… había dolor en su mirada.
—Porque no tenía otra opción.
Avanzó lentamente hacia mí.
—Antes de “morir”… me metí en algo muy grande. Pensé que podía controlarlo. Pero no… se salió de mis manos.
Retrocedí.
—¿En qué…?
Negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo. Cuanto más sepas… más peligro corres.
—¡Ya estoy en peligro! —rompí en llanto—. ¡Ac
PARTE 4
Apretó los puños.
—Porque si ellos descubrían que tenías relación conmigo… desaparecerías.
Esa frase me heló la sangre.
Miré nuevamente la habitación.
Las fotos.
Las pruebas.
Todo… no era obsesión.
Era protección.
De la forma más retorcida posible.
—¿Y ahora qué…? —pregunté—. ¿Vas a seguir “muerto”?
Me miró.
Durante mucho tiempo.
Luego negó.
—No.
Una sola palabra.
Pero hizo latir mi corazón.
—Ya terminé con todo —dijo—. Hoy… es el último día que tengo que esconderme.
Contuve la respiración.
—¿Y…?
Se acercó más.
Lo suficiente para que pudiera oír su corazón.
—Y he vuelto… para elegir.
—¿Elegir qué?
Me miró a los ojos.
—Elegir entre seguir desaparecido… o volver a vivir… y enfrentar las consecuencias.
Una lágrima recorrió mi mejilla.
—¿Y yo…? —pregunté—. ¿Qué soy yo en esa decisión?
No respondió de inmediato.
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