—Necesito verla 1 vez más —dijo, con la voz quebrada.
El hombre del traje oscuro dudó por 1 segundo.
—Señor Mateo, comprendo su dolor, pero por protocolo…
—1 última vez —repitió el esposo, endureciendo el tono—. Por favor.
Se hizo 1 silencio incómodo, pesado, que llenó toda la habitación. Finalmente, con extrema cautela, 2 empleados destrabaron los seguros y levantaron la tapa. Mateo sintió que el piso de mármol desaparecía bajo sus pies. Valeria estaba ahí. Lucía hermosa de 1 manera cruel y devastadora, como si simplemente estuviera tomando una siesta en un lugar donde él ya no tenía permitido alcanzarla. Llevó 1 mano a su boca, intentando sofocar el llanto que amenazaba con desgarrarle la garganta, y acercó su rostro al de ella.
Fue en ese microsegundo cuando lo vio.
El vientre abultado bajo el vestido negro se movió.
Fue un movimiento minúsculo. Casi imperceptible. Pero ocurrió.
Mateo se quedó petrificado. Parpadeó 3 veces rápidas, convencido de que la desesperación y la falta de sueño estaban jugándole una broma macabra a su mente. Quizás era solo el reflejo caprichoso de la luz de las velas. Quizás era la sombra de 1 de los empleados pasando por detrás. Quizás era simplemente su propio corazón roto inventando 1 milagro absurdo para no terminar de volverse loco.
Y entonces, sucedió de nuevo.
1 movimiento claro. 1 pequeño ritmo empujando la tela. 1 latido visual. Vivo.
Los ojos de Mateo se abrieron de par en par, inyectados en adrenalina pura.
—¡Alto! —gritó con una fuerza que hizo eco en las paredes, girando violentamente hacia los encargados—. ¡Paren todo ahora mismo!
Los presentes dieron un salto por el susto.
—¿Señor? —preguntó el encargado, confundido.
—¡Su vientre se acaba de mover!
El empleado palideció al instante. Alguien en la parte de atrás murmuró que probablemente era 1 espasmo cadavérico. Otro empleado intentó explicar que el cuerpo humano libera gases acumulados después del deceso. Pero Mateo ya no escuchaba a nadie. Se inclinó por completo sobre el ataúd, tomó los hombros fríos de su esposa y comenzó a sacudirla con una mezcla de terror y esperanza.
—¡Valeria! ¡Valeria! ¡Mi amor, por favor, háblame!
El rostro de la mujer no cambió. Siguió atrapado en ese sueño de cera. Pero debajo de sus manos, en el centro de su cuerpo, la vida seguía luchando. Había 1 fuerza vibrando allí que definitivamente no le pertenecía a la muerte. Era 1 llamado desesperado desde la oscuridad.
Nadie en esa sala podía respirar, atrapados en una atmósfera donde el terror y el milagro chocaban violentamente, dejando en el aire una sensación escalofriante: era absolutamente imposible creer lo que estaba a punto de suceder.
PARTE 2
—¡Llamen a una ambulancia! —rugió Mateo, con las venas del cuello marcadas por la tensión—. ¡Marquen al 911, traigan a la Cruz Roja ahora mismo!
La elegante sala de velación se transformó en un caos absoluto. Doña Carmen soltó el rosario, que golpeó el suelo con 1 chasquido seco, y se puso de pie, gritando el nombre de su hija. Héctor, el hermano, dio 1 torpe paso hacia adelante, pero de inmediato se quedó congelado, como si unas cadenas invisibles lo anclaran al piso de mármol. Los empleados de la funeraria comenzaron a correr chocando entre ellos; 1 sacó su celular para marcar a emergencias con las manos temblorosas, mientras otro corría hacia la administración exigiendo que detuvieran el precalentamiento de los hornos.
Fueron los 8 minutos más largos en la vida de Mateo. Cuando el sonido estridente de la sirena finalmente cortó la grisácea tarde capitalina y 3 paramédicos irrumpieron en el lugar con sus botiquines pesados, encontraron a un hombre que parecía haber perdido la cordura, aferrado al ataúd y repitiendo 1 sola frase como un mantra desesperado:
—Mi hijo está vivo. Mi hijo está vivo. Por el amor de Dios, salven a mi niño.
Los rescatistas se acercaron al féretro con expresiones de absoluta incredulidad y tensión. La primera evaluación de rutina fue tajante: Valeria no presentaba ningún signo vital. No había pulso, no había respiración, no había calor. Pero cuando la paramédico a cargo colocó la campana del estetoscopio obstétrico sobre la curva del vientre inerte, el mundo entero pareció detenerse.
Había 1 sonido.
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