PARTE 1
El aire dentro del crematorio ubicado en el corazón de Coyoacán, en la Ciudad de México, se sentía demasiado denso, casi imposible de tragar. Olía a copal, a flores marchitas y a un dolor profundo que calaba hasta los huesos.
Mateo Vargas estaba de pie junto al ataúd, inmóvil, con las manos temblorosas aferradas a la madera oscura, como si ese pedazo de roble barnizado fuera lo único que evitaba que cayera al suelo. Dentro, recostada en un silencio absoluto, estaba Valeria, su esposa. El rostro de la mujer, que hasta hace 2 días irradiaba una energía contagiante, ahora lucía distante, pálido y frío bajo la tenue luz amarilla de la sala.
Ella estaba embarazada de 7 meses. Eran 7 meses gestando a un niño al que ya llamaban Diego. 7 meses de planes, de mamelucos doblados en los cajones, de ecosonogramas guardados celosamente en una carpeta azul, de pláticas en susurros por las noches y de promesas inquebrantables hechas con la palma de la mano descansando sobre su vientre.
Todo eso había terminado, o al menos eso le dijeron a Mateo, en una noche de tormenta sobre la carretera México-Cuernavaca, justo antes de la peligrosa curva de La Pera. Le informaron que el auto de Valeria había perdido el control sobre el asfalto mojado, estrellándose contra el muro de contención de concreto, quedando completamente destrozado.
Le dijeron que ella había fallecido al instante. Le juraron que no hubo sufrimiento alguno. Le repitieron muchas cosas para intentar consolarlo. Pero en ese preciso instante, frente a la tapa cerrada del féretro, algo muy dentro de su pecho se negaba rotundamente a aceptar esa versión de la realidad.
Los empleados de la funeraria se movían a su alrededor con una frialdad profesional, intentando no hacer ruido, tratando de no invadir demasiado el inmenso luto ajeno. La familia de la joven se mantenía a unos pasos de distancia. Doña Carmen, la madre de Valeria, lloraba bajito, sentada en una silla plegable, pasando las cuentas de 1 rosario entre sus dedos temblorosos. El hermano mayor de Valeria, Héctor, permanecía recargado contra la pared de estuco, con el semblante serio, la mandíbula tensa, los ojos enrojecidos y los brazos firmemente cruzados sobre el pecho. Mateo no tenía la fuerza para mirar a ninguno de los 2. Sus ojos estaban clavados únicamente en ese ataúd.
Cuando 1 de los encargados del horno crematorio se acercó con cuidado para informarle que debían iniciar el procedimiento final, Mateo levantó la cabeza muy despacio.
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