Toc.
Toc.
Los tres voltearon al mismo tiempo.
La pared de libros se abrió lentamente.
Y de la oscuridad salió mi padre.
Roberto Mendoza.
Traje negro impecable, bastón de madera fina, mirada fría como acero.
A su lado venían dos abogados, un notario y el director financiero del Grupo Mendoza.
El aire de la biblioteca cambió por completo.
Alejandro se puso de pie tan rápido que la silla raspó el piso.
Doña Carmen palideció.
Valeria retiró su mano del hombro de Alejandro como si quemara.
Mi padre caminó despacio hasta quedar detrás de mí.
Luego colocó una mano sobre mi hombro.
—Hija —dijo con voz baja—. Ya fue suficiente.
Esa sola palabra destruyó todo el orgullo de Alejandro.
Hija.
La palabra cayó sobre la mesa como una sentencia.
—¿Hija? —susurró Doña Carmen.
Mi padre la miró sin emoción.
—Mariana Mendoza es mi única hija. Mi heredera. La mujer a la que ustedes humillaron durante tres años creyendo que no tenía a nadie.
Alejandro abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Valeria dio un paso atrás.
Doña Carmen intentó levantarse con dignidad, pero sus manos temblaban tanto que casi derramó el té.
—Debe haber un malentendido —dijo ella, forzando una sonrisa—. Nosotros siempre tratamos a Mariana como parte de la familia.
Mi padre levantó una ceja.
Uno de los abogados colocó una carpeta sobre la mesa.
—Tenemos grabaciones de cámaras internas, mensajes, transferencias sospechosas y testimonios del personal —dijo el abogado—. También tenemos pruebas de maltrato, fraude financiero y uso indebido de contratos vinculados al Grupo Mendoza.
Alejandro tragó saliva.
—¿Contratos vinculados?
Mi padre sonrió apenas.
—¿De verdad pensaste que la familia Del Valle creció sola estos últimos años? El crédito que salvó tu constructora, los terrenos en Santa Fe, las inversiones en Querétaro, los permisos que tanto presumías… todos pasaron por empresas subsidiarias mías.
El rostro de Alejandro perdió todo color.
—No… eso no puede ser.
—Sí puede —respondió mi padre—. Y desde hoy, todas esas puertas se cierran.
Doña Carmen se llevó una mano al pecho.
—Roberto, por favor, seamos razonables…
—Razonable fue mi hija cuando cuidó de usted mientras su propio hijo estaba de viaje con su amante —la interrumpió mi padre—. Razonable fue mi hija cuando soportó sus insultos sin usar mi apellido para aplastarlos. Razonable fue mi hija cuando creyó que todavía había algo bueno en esta familia.
Luego su mirada cayó sobre Alejandro.
—Pero ustedes confundieron su paciencia con debilidad.
Alejandro rodeó la mesa y se acercó a mí.
Su voz cambió por completo.
Ya no era fría.
Era desesperada.
—Mariana… amor, escúchame. Yo no sabía. Si me hubieras dicho quién eras…
Lo miré.
Y por primera vez en tres años, sentí que sus palabras ya no podían tocarme.
—Exactamente, Alejandro —dije—. Si lo hubieras sabido, me habrías amado mejor. Y eso significa que nunca me amaste a mí.
Él se quedó inmóvil.
Valeria lo miró con disgusto.
—¿Me estás diciendo que dejaste ir a la heredera Mendoza por mí?
Alejandro volteó hacia ella, furioso.
—Cállate, Valeria.
Ella soltó una carcajada amarga.
—No. El que debe callarse eres tú. Me prometiste una vida de lujo, no una ruina pública.
La máscara de amor entre ellos se rompió en segundos.
Y yo, que durante tanto tiempo había llorado por esa traición, los vi destruirse el uno al otro sin necesidad de levantar la voz.
Mi padre se inclinó hacia mí.
—¿Quieres irte ya?
Miré por última vez la biblioteca.
Los libros antiguos.
La mesa de roble.
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