Camilo habló primero.
—Tenemos que llamar a la policía.
Esteban asintió, pero en ese mismo momento sonaron tres golpes secos en la puerta principal de la morgue.
Una pausa.
Luego otros tres.
La persona al otro lado esperó con una paciencia inquietante.
Cuando Fonseca abrió, se encontró con una mujer de unos sesenta años, postura recta, hábito impecable, manos unidas sobre el rosario.
Sus ojos eran de un negro brillante y sereno.
Sonreía como sonríen algunas personas que han aprendido a esconder todo detrás de la dulzura.
—Buenas noches, hijo —dijo—.
Vengo a despedirme de la hermana Inés.
Detrás de ella no había coche fúnebre ni acompañantes, solo un chofer silencioso junto a un sedán oscuro estacionado bajo la lluvia fina.
—Todavía no puede verla —respondió Esteban.
La mujer no perdió la sonrisa.
—La familia espiritual de una hija de Dios tiene derecho a rezar por ella.
Camilo apareció en el pasillo con el teléfono escondido detrás del cuerpo, intentando marcar sin que se notara.
La Madre Superiora lo vio.
O al menos vio el gesto.
Sus ojos se posaron apenas un segundo en su mano y volvieron a Fonseca.
—Doctor —dijo en voz muy baja—, hay asuntos que no conviene malinterpretar.
Esteban sintió el impulso inmediato de cerrar la puerta.
Lo hizo.
La dejó afuera.
Luego le quitó el teléfono a Camilo y llamó a una antigua conocida en la fiscalía, la agente Elena Rivas, una mujer que ya le debía dos favores y a quien él respetaba precisamente porque nunca se impresionaba de más.
Contestó al tercer tono.
—Elena, necesito que vengas ahora.
Y que no avises a nadie del convento.
No le dio demasiados detalles.
Solo los suficientes para que ella entendiera que no se trataba de un procedimiento común.
Mientras esperaban, Esteban volvió a revisar el cuerpo.
Fue entonces cuando encontró el segundo detalle: bajo la manga izquierda de Inés, a la altura de la muñeca, había una marca circular casi invisible, como una presión antigua repetida durante días.
No parecía una lesión casual.
Parecía la huella de una correa o de una sujeción.
Camilo notó también pequeñas heridas en las yemas de los dedos.
No eran profundas.
Eran desgaste.
Como si hubiera estado raspando una superficie dura durante horas.
—Ella intentó salir de algún lado —murmuró.
Cuando Elena llegó, la lluvia ya golpeaba con fuerza las ventanas altas de la morgue.
Entró sin uniforme, empapada del abrigo hacia abajo, con el cabello recogido y la expresión firme de quien viene preparada para encontrar algo desagradable.
Esteban le mostró
el mensaje, luego el video.
La agente lo vio dos veces seguidas.
No hizo ninguna exclamación.
—Necesito el expediente con el que la trajeron, nombres de quien firmó el traslado y acceso al cuerpo —dijo.
Mientras revisaba el archivo, frunció el ceño.
—Esto está incompleto.
Falta la firma del médico del convento, falta la hora exacta del deceso y esta hoja… —levantó una página— …parece reimpresa.
Miren el sello.
La tinta no corresponde al resto.
Fonseca sintió una punzada de rabia.
Alguien no solo quería enterrar a Inés.
Alguien había preparado el papeleo para cerrar el caso antes de que empezara.
Elena pidió patrullas discretas, pero la respuesta se demoró más de lo razonable.
Entonces decidió ir ella misma al convento con un pequeño equipo de confianza.
Necesitaba confirmar si la habitación del video existía y quién había sido realmente Inés dentro de esa comunidad.
Esteban insistió en acompañarla.
Camilo también, pese a que le temblaban las manos.
Elena dudó un instante, luego aceptó.
Sabía que el doctor había visto suficiente como para reconocer detalles útiles, y que el auxiliar no se separaría de él de ninguna manera.
El convento de Santa Clara de la Luz estaba a cuarenta minutos de la ciudad, en un camino solitario rodeado de tierra húmeda, árboles oscuros y parcelas vacías.
Cuando llegaron, el amanecer apenas insinuaba una línea gris detrás de los muros altos.
No era un edificio antiguo y majestuoso, como esperaban.
Era demasiado austero.
Demasiado cerrado.
Las ventanas bajas tenían rejas por dentro.
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