Su hijo no es ciego, es su esposa quien pone algo en su comida…

Su hijo no es ciego, es su esposa quien pone algo en su comida…

—A su esposa. Saca polvo blanco de un relicario plateado que trae colgado. Se espera a que la cocina quede sola y luego se lo echa al caldo de la niña. La vi ayer. Y también la semana pasada.

El mundo de Jerónimo se partió en 2. El relicario. Verónica nunca se lo quitaba. Siempre le decía que adentro guardaba una estampita antigua de su abuela, que le daba suerte. Renata se movió despacito a su lado, ajena a esa bomba.

—Papá, ¿quién es?

Jerónimo le acarició el hombro sin despegar los ojos del niño.

—Nadie, amor. Solo… alguien que quiere hablar conmigo.

Y en ese momento una voz femenina, elegante y demasiado aguda, rompió el aire como un cuchillo.

—¿Jero? ¿Qué está pasando aquí?

Verónica apareció caminando por el andador del parque como si hubiera salido de una revista: vestido color marfil, lentes oscuros sobre la cabeza, bolsa de diseñador, labios perfectos, el cabello teñido de un rojo oscuro que ella juraba era “cobrizo europeo”. Pero cuando vio a Jerónimo pálido, al niño harapiento junto a él y a Renata aferrada al bastón, se frenó. La sonrisa se le cuarteó apenas 1 segundo, lo suficiente.

—¿Quién es este niño? —preguntó, mirando a Jonás con un desprecio automático—. ¿Por qué está tan cerca de Renata? Sabes que ella está delicada.

Jerónimo se levantó despacio. Ya no sentía cansancio. Solo una claridad feroz.

—Me está contando algo muy interesante, Vero.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Ay, por favor. Ya sabes cómo son. Inventan lo que sea por dinero.

El niño la señaló sin temblar.

—La vi. Usted le pone polvo a la sopa de la niña.

Verónica retrocedió como si le hubieran aventado ácido.

—¡Mentira! Jero, no le vayas a creer a un mugroso de la calle. ¡Guardias!

Pero Jerónimo no miró a los escoltas. Miró las manos de su esposa. Temblaban. Verónica nunca temblaba. Había sobrevivido a pleitos corporativos, portadas de escándalo y demandas millonarias sin despeinarse. Sin embargo ahí estaba, tocándose el cuello con desesperación, buscando el relicario, y retirando la mano como si quemara.

Y entonces recordó otra cosa que le cayó encima como una piedra: 3 meses antes había modificado el fideicomiso. Si Renata llegaba a los 18 años, heredaría prácticamente todo. Si moría antes, Verónica quedaría con el control de 70 % de los activos líquidos y varios desarrollos en el extranjero. Lo habían firmado en presencia de abogados. Verónica había llorado, lo había abrazado, le había dicho que lo único que quería era proteger el futuro de la niña.

Jerónimo sintió náuseas.

—Nos vamos a la casa —dijo.

—Jero, no hagas un drama por esto —susurró Verónica, ya casi suplicando—. Estás exhausto. Ese niño te está manipulando.

—Dije que nos vamos.

Levantó a Renata en brazos. Luego volvió hacia el niño.

—¿Cómo te llamas?

—Jonás.

Jerónimo sacó 1 tarjeta de presentación con letras doradas y se la apretó en la mano.

—Quédate aquí. En 1 hora mando por ti. Si me mentiste, te juro que lo voy a saber. Pero si dijiste la verdad… te voy a deber la vida.

Jonás asintió sin bajar la mirada.

El trayecto a Bosques de las Lomas fue un entierro silencioso. Renata se quedó dormida en el pecho de su padre. Verónica miró todo el camino por la ventana, con la mandíbula apretada y los dedos crispados sobre la bolsa. Cuando cruzaron las rejas de la mansión, Jerónimo ya tenía 1 plan. No podía acusarla sin pruebas. Era demasiado astuta. Demasiado peligrosa.

Apenas entró, llamó a la nana y al ama de llaves.

—Desde este momento nadie le da nada de comer ni de tomar a Renata. Nada. Ni caldo, ni jugo, ni gotas, ni medicina, hasta que yo lo autorice. Y nadie entra a su cuarto más que yo y la señora Berta. ¿Quedó claro?

Las 2 mujeres se miraron, asustadas.

—Sí, señor.

—Jero, estás exagerando —dijo Verónica, intentando recuperar el tono dulce—. La niña necesita su cena.

—Tú no te acercas a la cocina —respondió él, helado—. Te quedas en la recámara de visitas.

—¿Me estás encerrando?

—Estoy protegiendo a mi hija.

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