Cuando su hija de 7 años le preguntó si ya había anochecido en pleno sol de las 2 de la tarde, Jerónimo Villaseñor sintió que el mundo entero se le venía encima y, por primera vez en su vida, entendió que ni todo el dinero de México servía para comprar 1 minuto de paz. Estaba sentado en una banca del Parque Lincoln, en Polanco, con la espalda pesada, la garganta cerrada y el traje pegado a la piel por el calor. A unos metros, las nanas empujaban carriolas, los perros corrían detrás de las palomas y los meseros cruzaban con cafés helados para la gente que todavía podía fingir que la vida era normal. Pero para él no había nada normal desde hacía 6 meses. Desde que Renata, su única hija, había empezado a decir que las luces le lastimaban, que las letras del cuento se le revolvían, que las caras se le volvían manchas. Ahora la niña, flaquita dentro de un suéter carísimo que alguien le había puesto aunque el calor rajara las banquetas, apretaba con sus manos pequeñas un bastón blanco que a Jerónimo le partía el alma cada vez que lo veía.
—Papá… ¿ya es de noche?
La voz de Renata fue apenas un hilito. Jerónimo se agachó para abrazarla, escondiéndole la cara en el cabello.
—No, mi amor. Es una nube grandota. Aquí estoy contigo.
Mintió sin pestañear, como había mentido 20 veces en la semana, 100 en el mes y quién sabía cuántas desde que los especialistas empezaron a darle nombres fríos y carísimos a lo que nadie lograba explicar. Había llevado a su hija con los mejores oftalmólogos de Monterrey, Guadalajara, Houston y Madrid. Le habían hablado de degeneración macular infantil, de enfermedades autoinmunes, de daño ambiental, de una mala suerte estadísticamente absurda. Le habían recetado gotas importadas, suplementos, estudios, resonancias, terapias. Y sin embargo la vista de Renata se apagaba cada día un poco más, casi siempre después de cenar, casi siempre después de que Verónica, su esposa, insistía en prepararle personalmente el caldo.
Jerónimo revisó la hora en su reloj y sintió mareo. Llevaba semanas sin dormir bien. Era el hombre que había levantado torres en Santa Fe, plazas comerciales en Querétaro, desarrollos en Mérida y fraccionamientos en media república. Los periódicos de negocios lo llamaban tiburón. Sus rivales lo llamaban despiadado. Sus socios decían que nunca perdía el control. Pero allí, frente a 1 niña que ya no podía ver las palomas del parque, se sentía más inútil que cualquiera.
Entonces notó al niño.
No traía chicles, ni un trapeador, ni una franela para “echarle agua al vidrio” como tantos otros en los cruceros. No venía a venderle rosas ni a pedir monedas con la mirada aprendida de la miseria. Tendría unos 10 años, quizá 11, y llevaba unas sandalias enormes, llenas de polvo, y una playera amarilla tan lavada que parecía a punto de deshacerse. Lo extraño era que no miraba el reloj de Jerónimo, ni el SUV negro estacionado a unos metros, ni a los escoltas. Miraba a Jerónimo directo a los ojos, con una seguridad incómoda, casi vieja.
Jerónimo se endureció de inmediato.
—Mira, chamaco, mis guardias están aquí cerca. No traigo cambio y hoy no ando para obras de caridad. Vete.
El niño ni parpadeó.
—Su niña no está enferma, señor.
La frase cayó como un cubetazo de agua helada. Jerónimo se quedó quieto.
—¿Qué dijiste?
—Que no se está quedando ciega por una enfermedad. Alguien le está quitando la vista poquito a poquito.
El ruido del parque siguió igual, pero para Jerónimo todo se volvió lejano, como si de pronto estuviera debajo del agua.
—Estás loco —murmuró—. ¿Quién te mandó?
—Nadie. Yo lo vi.
Jerónimo apretó la mandíbula. Estaba acostumbrado a las trampas, a los chantajes, a las extorsiones disfrazadas de confidencia.
—Si esto es un juego de alguno de mis enemigos, te juro que te vas a arrepentir.
El niño dio 1 paso más y bajó la voz.
—Es su esposa. La señora del cabello rojo. Todos los días le pone algo a la comida de la niña.
El estómago de Jerónimo se le volteó. El sol siguió pegando igual de duro, pero él sintió un frío brutal subiéndole por la espalda. Durante 1 segundo quiso soltarle una bofetada, llamar a sus guardias, borrar de un manotazo aquella acusación miserable. Pero no pudo. Porque justo detrás de la rabia apareció el recuerdo exacto de varias escenas que había intentado no unir: Verónica insistiendo en cocinarle solo ella a Renata; Verónica diciendo que el personal era torpe; Verónica retirando el plato si la niña decía que no tenía hambre; Verónica vigilando que se tomara las gotas; Verónica poniéndose nerviosa cuando él proponía cambiar de médico.
—¿Por qué dirías una cosa así? —preguntó, con la voz rota por dentro—. ¿Sabes quién soy?
—Sí. Usted es don Jerónimo Villaseñor. Yo limpio vidrios por la parte de atrás de su casa, en Bosques de las Lomas. A veces los guardias me dejan pasar por unas monedas. Desde ahí se ve la cocina. La gente rica casi nunca mira hacia abajo, pero yo sí miro hacia adentro.
Jerónimo sintió que los dedos se le enterraban en la madera de la banca.
—¿Qué viste?
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