—Sí puede —respondí—. Dos días antes de irme, transferí la propiedad a un fideicomiso patrimonial. Yo soy beneficiaria, pero no soy la titular directa. Mi papá no es fiduciario, no es apoderado del fideicomiso y no tiene autorización para vender nada.
Roberto salió de la cocina, agitando unos papeles.
—¡Mentira! ¡Aquí está el poder notarial!
—Léelo completo, papá. Cubre decisiones médicas y algunas cuentas personales. No bienes dentro de un fideicomiso.
Diego dejó de sonreír.
Verónica volteó hacia Roberto con una calma aterradora.
—Usted me aseguró que tenía plena facultad.
—¡La tengo! —gritó él—. ¡Ella está inventando esto porque es rencorosa!
—No —dije—. Lo que usted firmó no fue una compraventa. Fue un fraude. Y si movieron dinero con documentos falsos, la Fiscalía va a querer escuchar la historia completa.
Verónica abrió la boca, pero no salió palabra. Luego marcó desde su celular.
—Necesito reportar un fraude inmobiliario en proceso. Sí, por más de once millones de pesos. El responsable está aquí.
Mi papá me miró como si yo lo hubiera apuñalado.
—Tú hiciste esto.
—Yo no falsifiqué firmas. Yo no acepté dinero. Yo no vacié mi propia casa.
—¡Tú sabías y me dejaste hacerlo!
—Te pregunté tres veces si querías decirme la verdad. Elegiste burlarte.
La voz de Roberto empezó a temblar, pero no por culpa. Por vergüenza. Afuera ya había vecinos mirando desde la banqueta. Doña Lupita, el señor Arriaga, incluso los hijos de la casa de enfrente grababan con el celular.
Eso fue lo que realmente le dolió: que lo vieran.
—¡Me quieres humillar! —gritó—. ¡Después de todo lo que hice por ti!
Solté una risa corta, amarga.
—Me cobraste renta emocional desde que tengo memoria. Cuando compré esta casa dijiste que era egoísta por no darle dinero a Diego. Cuando me ascendieron, dijiste que se me había subido. Cuando me fui a una misión peligrosa, preguntaste cuánto me iban a pagar. Nunca fui tu hija. Fui tu cajero automático.
Diego se levantó furioso.
—No te hagas la víctima. Tú siempre tuviste suerte.
—¿Suerte? —lo miré de frente—. Tú te gastaste el dinero en apuestas, carros rentados y fiestas en Polanco. Yo me gané cada peso durmiendo con chaleco antibalas.
Verónica, que seguía al teléfono, de pronto preguntó:
—¿Dónde está mi dinero?
Roberto parpadeó.
—Parte se mandó para cubrir la deuda…
—¿Parte?
Diego bajó la mirada.
—Y otra parte está segura —dijo mi papá, demasiado rápido.
Verónica dio un paso hacia él.
—Devuélvalo ahora.
—No puedo.
El silencio cayó como cemento.
—¿Cómo que no puede?
Roberto tragó saliva.
—Los prestamistas ya recibieron lo de Diego. Y el resto… lo moví a una cuenta.
—¿A nombre de quién?
Mi papá no contestó.
Entonces entendí el segundo golpe. No vendieron mi casa solo para salvar a Diego. Vendieron mi vida para repartirse el botín.
—La cuenta es tuya —dije, mirando a Diego.
Mi hermano apretó la mandíbula.
Verónica se llevó la mano al pecho, indignada.
—Me estafaron.
—No —corrigió Diego, recuperando la soberbia—. Fue un malentendido familiar.
En ese momento sonaron las patrullas.
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