Se hizo un silencio bien incómodo. Tomás se cruzó de brazos.
—Me dijeron que vas a empezar con la terapia.
—Sí. Ya sé que eso no borra lo que hice, pero necesito volver a agarrar las riendas de mi vida. Llevo meses sintiendo que me estoy ahogando.
—Eso no justifica lo que pasó.
—No lo estoy tratando de justificar. Nomás quiero ser sincera contigo. Me perdí, Tomás. Entre la friega del trabajo, los niños, la culpa… y el estúpido ese, me convertí en otra persona.
—”El estúpido ese” que dejó a tus hijos abandonados a su suerte y te dejó a ti desangrándote en una carretera.
—Ya no quiero ni hablar de él. Lo bloqueé de todos lados. Ya no quiero saber nada que tenga que ver con él.
Tomás respiró hondo.
—Dale gracias a Dios que los niños la contaron.
—Ya lo sé. Santiago me dijo “mamá” por última vez el miércoles… a sus 3 años. Desde ahí sentí que todo lo estaba haciendo con las patas.
—Todavía estás a tiempo, pero te la vas a tener que ganar a pulso.
Leticia asintió sin excusarse.
—¿Los puedo ver?
—No. Ahorita andan muy sensibles. Santiago todavía se despierta en las madrugadas pensando que no vas a regresar. Alma no se le despega ni para ir al baño. Los tengo en terapia.
—Yo también voy a tomar terapia.
Tomás se le quedó viendo unos segundos.
—No te la voy a poner fácil, Leticia. Pero si de a de veras le echas ganas y cambias… si de a de veras te comprometes, ya lo platicaremos con el juez. No por ti, por ellos.
Leticia asintió y, por primera vez en semanas, se le asomó una sonrisita débil.
—Gracias.
Tomás se dio la vuelta para irse, pero se frenó antes de salir.
—Todavía no me des las gracias. Haz las cosas bien.
Cuando regresó a la casa, Santiago lo estaba esperando sentado en el comedor con una hoja de papel y crayolas.
—¿Fuiste a ver a mi mamá?
—Sí. Ya anda mejor. Ya se está empezando a aliviar. Va a tomar terapia, así como tú.
Santiago se quedó pensativo un ratito.
—¿Va a regresar?
—Pues eso ya va a depender de lo que diga el juez, de los psicólogos y de ella.
—Yo sí quiero que regrese. Pero… diferente.
Tomás se agachó.
—Eso es lo que todos queremos, mijo. Que se ponga bien. Que sea la mamá que ustedes se merecen.
Santiago le enseñó su dibujo. Era una casa con cuatro monitos: Él, Alma, Tomás y Leticia. Todos con unas sonrisotas.
—¿Tú crees que algún día podamos estar así?
Tomás lo miró a los ojos.
—Si todos le echamos ganas y hacemos lo que nos toca, sí. Pero poco a poco, sin prisas.
Santiago le dio un abrazo a su papá. Alma entró corriendo al comedor con su muñeca, se trepó a la silla y pegó el grito:
—¡Tengo hambre!
Tomás se soltó riendo por primera vez en días.
—¡A todo dar! Vamos a preparar de comer entre los tres.
Esa tarde se aventaron un arroz con huevo. No era un platillo de restaurante, pero se lo echaron los tres sentados en la mesa, como una familia que, a pesar de los trancazos, le seguía echando ganas.
Dos semanas después, a Tomás le llegó un aviso del juzgado de lo familiar. Le habían programado una audiencia para revisar cómo iba lo de la custodia provisional. Tomás ya se lo olía. Desde que Leticia se metió a terapia, el papeleo judicial se movió mucho más rápido de lo que se imaginaba.
Esa mañana se paró tempranito, les hizo el desayuno, fue a dejar a Santiago a la escuela y a Alma se la encargó a una vecina de toda su confianza. De ahí se arrancó pal juzgado con un fólder bajo el brazo. Ahí traía todos los reportes médicos, los psicológicos y la carta de apoyo de la trabajadora social. Leticia ya andaba por ahí. Venía vestida formal, pero sencillita. No se habían visto desde aquella vez en el hospital. Cuando lo vio llegar, levantó la vista con mucho cuidado. Ni se hablaron.
La jueza llegó a la hora exacta.
—Esta audiencia es para darle una revisada a cómo está la situación ahorita con los menores Santiago Gutiérrez Vargas y Alma Gutiérrez Vargas, que por lo pronto siguen bajo la custodia provisional del papá. La mamá, la señora Leticia Vargas, metió un escrito para pedir que se reactive la custodia compartida, ya que empezó con su tratamiento psicológico y cumplió con lo que se le había pedido antes aquí en el juzgado.
Tomás se quedó viendo para el frente. No tenía planeado abrir la boca. La abogada de Leticia fue la que rompió el hielo.
—Su señoría, mi clienta ha seguido al pie de la letra todo lo que le mandó el equipo médico. Ha andado estable, ya terminó la primera parte del tratamiento y trae el visto bueno del Centro de Apoyo Emocional para Madres. Ya tiene dónde vivir, un lugar seguro y aparte, y ya cortó de tajo con su expareja. No está pidiendo que le den la custodia total, pero sí que le den chance de volver a convivir con los niños, poco a poco y bajo supervisión.
La jueza asintió.
—¿El papá tiene algo que decir?
Tomás se paró.
—Yo no tengo bronca con que los niños vean a su mamá. Lo único que pido es que se la lleven leve, que esté alguien checando todo y que no se quieran brincar las trancas. Mis hijos todavía andan asustados, todavía se me despiertan llorando… pero yo sé que les hace falta su mamá. Y si ella de a de veras le está echando ganas, yo no les voy a tapar el camino para que la recuperen.
La jueza le echó un ojo a los papeles un par de minutos.
—Muy bien. Viendo los reportes y que los dos traen buena disposición, el tribunal les aprueba un régimen de convivencia progresiva. Las primeras visitas van a ser en el centro familiar y con una terapeuta supervisando. Cada semana vamos a ir checando cómo van. En tres meses nos volvemos a sentar a ver si ya se puede armar una nueva custodia compartida, claro, si todo pinta bien.
Leticia cerró los ojos un ratito, como si estuviera soltando todo el aire que traía atorado. Tomás les firmó los papeles sin decir ni media palabra. Cuando salieron de la sala, Leticia lo alcanzó en el pasillo.
—Gracias por no hacerla de jamón.
—No vine aquí a pelear. Vine por ellos.
—Esta vez no la voy a cagar.
Tomás asintió.
—Pues ojalá y no.
Unos días después, Santiago y Alma llegaron agarraditos de la mano al centro familiar. Leticia ya los estaba esperando sentada, con un albumcito de fotos en las manos.
—Hola, mis niños preciosos.
Alma se escondió atrás de su hermano. Santiago se le quedó viendo, luego le soltó la mano a su hermana y se le acercó.
—¿Ahora sí te vas a portar bien?
Leticia le sonrió con una mirada bien triste.
—Sí, mi amor. Ya aprendí la lección. Le estoy echando muchas ganas.
Alma caminó despacito hacia ella y se le sentó en las piernas, calladita. La terapeuta nomás anotaba todo en silencio. Tomás los estaba viendo desde el cuarto de al lado, por un vidrio de esos de cámara de Gesell. No dijo nada, nomás se quedó viendo. Y, por primera vez en un buen rato, sintió que a lo mejor y sí se podía.
Las semanas se fueron volando. Todos los sábados los niños iban al centro familiar a ver a su mamá. Las primeras visitas estuvieron bien secas, bien tensas. Alma no se le despegaba a Santiago ni para ir al baño, y Leticia tampoco los forzaba a nada; nomás estaba ahí, teniéndoles paciencia, contándoles cuentos, pintando y cantando.
Poco a poco, la cosa fue cambiando. Alma ya le empezaba a seguir el rollo. Santiago andaba más suelto, más relajado. Y Leticia, por primera vez en años, se veía estable. Llegaba a la hora, se veía limpia, en sus cinco sentidos; estaba “presente”. Tomás no fallaba a ninguna sesión, siempre desde el cuartito de atrás. No cruzaba palabra con Leticia, pero se grababa en la mente cada gesto, cada pasito que daban, cada cosa que decían.
Un día, ya que se acabó la visita, se le acercó la terapeuta.
—Señor Gutiérrez, los niños le andan respondiendo muy bien. ¿Cómo ve si ya le vamos metiendo a la etapa de que convivan en la casa, pero con alguien supervisando?
Tomás no contestó luego luego.
—¿Ya la ve lista?
—Según lo que traemos en los reportes, sí. Y los niños también ya lo andan pidiendo.
Tomás volteó a ver a sus hijos a través del vidrio. Santiago andaba atacado de la risa enseñándole un dibujo a Leticia. Alma traía un librito abierto en las piernas, esperando a que su mamá se lo leyera.
—¿Y cómo estaría la movida?
—Sería una tarde a la semana en la casa de la mamá. Al principio va alguien a checarlos y a acompañarlos. Ya si todo pinta bien, le vamos subiendo a los días.
Tomás asintió despacito.
—Órale, pues. Vamos a calarle.
La primera vez que se vieron en la casa de Leticia fue a mediados de junio. Era una casita modesta, chiquita, pero rechinando de limpia. Le había comprado juguetes nuevos, cuentitos y le puso un tapete al piso del cuarto de los niños. Tomás los dejó en la puerta. Leticia lo saludó muy propia. Santiago se metió como Juan por su casa. Alma se quedó paradita un ratito. Luego le agarró la mano a su mamá y se metió.
—Vengo por ellos en dos horas —dijo Tomás, muy serio.
—Gracias por la confianza —le contestó Leticia.
Y párale de contar.
Esa tarde, Leticia les hizo arroz con pollo, se puso a jugar a las cartas con Santiago, le hizo unas trencitas a Alma y se pusieron a ver un álbum con fotos de cuando estaban bebecitos. Ninguno de los dos preguntó por el “tío” Ricardo. Nadie tocó el tema del choque.
A la hora en punto, Tomás regresó por ellos. Los niños salieron bien contentos, con unos dibujos en las manos.
—¿Cómo les fue, chaparra?
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