“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

“¡PAPÁ, MI HERMANITA NO SE DESPIERTA, LLEVAMOS TRES DÍAS SIN COMER!” EL MILLONARIO QUEDÓ EN SHOCK.

—Señor, la niña ya despertó. ¿Gusta pasar?

A Santiago se le abrieron los ojotes cuando escuchó eso.
—¿Alma ya se despertó?
—Sí, mi cielo, ya puedes pasar a verla.

Los dos entraron al cuarto. Alma estaba muy débil, pero cuando vio a su hermano, estiró los bracitos. Santiago salió corriendo a abrazarla y se subió a la cama con mucho cuidado.
—Te extrañé mucho, Alma.
—Yo también —murmuró la niña, con una vocecita que apenas y se oía.
Tomás se acercó y les hizo piojito a los dos.
—Van a estar bien. Se los juro.

Horas más tarde, le sonó el celular a Tomás. Era un número desconocido, pero contestó de volada.
—¿Bueno?
—¿Señor Tomás Gutiérrez?
—Él habla.
—Le marcamos del Hospital General. La señora Leticia Vargas ya despertó. Andaba preguntando por usted y por los niños. ¿Gusta venir?

Tomás se le quedó viendo a sus hijos un momento.
—Voy para allá.
Antes de salirse, se agachó y le habló a Santiago.
—Voy a ir a ver a tu mamá. Ahorita vengo. Te encargo mucho a Alma, ¿sale?
—¿Sí está bien ella?
—No sé, mijo. Voy a averiguar.

Tomás salió del hospital infantil y manejó en silencio. Cuando llegó al hospital general, le dieron las indicaciones y se subió al tercer piso. Leticia estaba en un cuarto compartido, con la cara toda golpeada y el brazo izquierdo enyesado. Cuando lo vio entrar, agachó la mirada.

—Los niños están vivos.
—Sí.
—¿Qué hiciste, Leticia?
Ella se tardó en contestarle.
—Pensé que no iba a pasar nada. Nomás fui a una fiesta. Quería despejarme un rato. Él me dijo que no nos íbamos a tardar.
—Los dejaste tres días solos. La niña casi se nos muere.

Leticia cerró los ojos. Dos lágrimas le rodaron por los cachetes.
—Ya sé. No sé qué decirte.
Tomás se le acercó, pero no de buena gana.
—Esto va a cambiar. Me voy a quedar con los niños y esta vez no vas a poder hacer nada para evitarlo.
—¿Me los vas a quitar? —le preguntó Leticia con la voz quebrada.
—No es un castigo, Leticia. Es lo que toca. No puedo dejar que esto vuelva a pasar.
—Estaba muy cansada, Tomás. Tú no me entiendes. Me la paso sola con ellos todo el tiempo. No tengo quien me eche la mano. No tengo vida.
—¿Y eso justifica dejarlos encerrados tres días? ¿Sin comer, con fiebre, muertos de miedo, sin saber si ibas a regresar?

Leticia agachó la mirada. Le temblaban las manos sobre la sábana. No dijo ni pío.

—Se te hizo más fácil irte a despejar y por poquito y me los matas.
—Ya lo corté —dijo, que apenitas y se le escuchó.
—¿A quién?
—A Ricardo. Al que iba conmigo en el carro. Me empezó a gritar, me anduvo jaloneando. Me quise regresar a la casa y nos venimos peleando en el carro. De ahí en fuera ya no me acuerdo de nada.
—Te dejó ahí tirada en la carretera y se peló. ¿Y tú esperas que yo vuelva a confiar en ti?
—No te estoy pidiendo eso. Nomás dime cómo están los niños.

Tomás se cruzó de brazos.
—Alma ya despertó. Está débil, pero ya está estable. Santiago se portó como un hombrecito. Me habló, cuidó a su hermanita. Tuvo más responsabilidad de la que tú tuviste.

Leticia soltó un suspiro larguísimo, como si le pesara el aire.
—No merezco ser su mamá.
—La verdad no lo sé, Leticia. Eso no me toca decidirlo a mí ahorita. Pero sí voy a hacer todo lo que esté en mis manos para protegerlos. Ya hablé con mi abogado. El proceso ya está corriendo.
—¿No los voy a poder ver?
—Cuando el juez dé luz verde, y con alguien supervisando. Vas a tener que demostrar que de veras le quieres echar ganas para cambiar.

Leticia no le contestó. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas le escurrieran en silencio. Tomás se le quedó viendo unos segundos más y luego se salió del cuarto sin despedirse.

De regreso en el hospital infantil, Santiago y Alma estaban viendo caricaturas en una tablet que les prestó alguien del personal médico. Alma traía el suero en el bracito y una muñeca en las piernas. Santiago volteó cuando vio entrar a su papá.
—¿Fuiste a ver a mi mamá?
—Sí. Está bien. Está un poco golpeada, pero ya está despierta.
—¿Va a venir por nosotros?

Tomás se sentó en la orillita de la cama.
—Por ahorita no. Ustedes se van a venir conmigo. Vamos a estar juntos.
Santiago asintió. No se veía triste, más bien se le notaba aliviado.
—¿Nos vamos a regresar a la casa grande?
—Sí, mijo. Ahí los voy a cuidar.
—¿Y mi mamá?
Tomás lo miró con mucha tranquilidad.
—Tu mamá necesita tiempo. Se tiene que curar. Cuando el doctor y el juez digan que ya está lista, los va a poder ver.

Santiago se acostó junto a su hermanita. Ya no hizo más preguntas. Nomás le agarró su manita y cerró los ojos. Tomás se les quedó viendo. Se puso a pensar en todo lo que había pasado en escasos tres días, en lo cerquita que estuvo de que se le fueran, y en el broncón en el que se estaba metiendo para aprender a ser papá de tiempo completo. Pero estaba puesto, porque esta vez no les iba a soltar la mano por nada del mundo.

La primera noche en la casa estuvo pesada. Alma no se quería dormir sola y Santiago se despertó llorando dos veces. Tomás no sabía ni para dónde hacerse. Nunca se había aventado más de dos días seguidos con los dos juntos. Y ahora era de tiempo completo: hacer de comer, bañarlos, tranquilizarlos, escucharlos, apapacharlos.

Al día siguiente, les cayó una psicóloga infantil del hospital. Platicó con Tomás primero.
—Necesitamos empezarles a dar un acompañamiento. Los dos niños traen señales bien claras de estrés. Sobre todo Santiago; él se siente responsable de todo lo que pasó.
—Él nomás hizo lo que pudo. Le salvó la vida a su hermanita.
—Sí. Pero ahora también trae la carga mental de que la tiene que andar cuidando todo el tiempo, y eso no le hace bien a un niño de 6 años. Y Alma… ella anda a la defensiva. No se le quiere despegar a su hermano para nada, pero tampoco confía en los adultos. Le va a costar trabajo.

Tomás asentía, grabándose todo en la cabeza.
—¿Qué tengo que hacer?
—Lo que ya andas haciendo: estar ahí para ellos, llevarles una rutina, no andar con gritos. Explícales lo que va a pasar, pero no les andes prometiendo cosas que no les puedas cumplir.

Más al rato, la psicóloga platicó a solas con Santiago en el jardín. Mientras, Tomás aprovechó para lavar ropa y prepararles algo de comer. No se sentía precisamente el papá del año, pero le estaba echando ganitas. Después de la plática, Santiago se metió a la cocina.
—Papá, me dijo la señora que te puedo decir si me da miedo algo.
—A mí siempre me puedes decir lo que sientas, campeón.
—¿Y si mi mamá no cambia?
Tomás se agachó y se puso a su nivel.
—Eso no está en tus manos ni en las mías, pero nosotros vamos a estar bien, pase lo que pase.
—¿Sí?
—Y si de veras le echa ganas y cambia, entonces ya nos arreglaremos con los doctores y con el juez. Aquí lo que importa es que ustedes estén seguros y tranquilos.
Santiago asintió. Luego se fue a ver a Alma, que estaba dormida en el sillón abrazada de su muñeca.

Más tarde, a Tomás le marcaron del Hospital General.
—Señor Gutiérrez, la señora Vargas pidió empezar a tomar terapia. Dijo que quiere poner de su parte con lo que el juez le vaya pidiendo.
—¿Y qué dice el parte médico?
—Se está aliviando bien. Ya mero va a poder caminar sin ayuda. El psiquiatra ya la checó y dice que ya está lista para empezar el tratamiento psicológico. ¿Puedo comunicarla con ella?
—Claro, si usted da luz verde, ella está despierta y dispuesta.
Tomás lo dudó un momento.
—Voy mañana, pero todavía no le digan nada a los niños.

Esa noche, Tomás se sentó solo en el comedor. No prendió la tele; nomás escuchaba el ruidito del refrigerador. Tenía miedo. Miedo de regarla, miedo de no saber cómo lidiar con todo el paquete. Pero también sentía algo diferente, como si por fin estuviera haciendo las cosas bien. Checó la hora. Ya era tarde. Se paró, fue al cuarto de los niños y los vio dormir juntitos. Santiago tenía abrazada a Alma, como si todavía no se creyera que ya estaban a salvo. Tomás les hizo piojito despacito. “Nadie los va a volver a dejar solos. Se acabó”.

Al día siguiente, Tomás llegó al hospital general con un sentimiento raro. No era coraje, ni tampoco lástima. Era algo ahí en medio, entre la desconfianza y el deber. Sabía que ver a Leticia no iba a estar pelada, pero lo tenía que hacer. La encontró sentada en una silla de ruedas, con bata de hospital y el pelo amarrado. Tenía la mirada clavada en el piso. Cuando lo vio entrar, apenitas y levantó la vista.

—Gracias por venir —le dijo, con la voz muy apagada.
—No lo hago por ti, lo hago por mis hijos.
—Ya sé. Y tienes toda la razón.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top