Nada.
Llamó a Lorena.
—¿Qué demonios es esto? —rugió.
Hubo un silencio.
—Señor, yo…
—¿Quién llevó estos documentos a mi casa?
—Yo solo seguí instrucciones del licenciado Serrano.
Serrano era uno de los abogados corporativos de Julián. Frío. Eficiente. Ambicioso.
—Yo no autoricé ningún divorcio.
Al otro lado de la línea se hizo un vacío.
Y, a partir de ese momento, las piezas empezaron a moverse.
Julián descubrió primero que alguien había falsificado su firma.
Luego, que las fotografías habían sido tomadas durante una cena de trabajo con inversionistas extranjeros. La mujer rubia era una consultora de banca de Nueva York. En ninguna foto original había un abrazo. Solo ángulos manipulados, recortes, encuadres diseñados para destruir.
Pero cuando por fin encontró a Serrano, tres días después, el abogado ya había renunciado.
Y Lorena también había desaparecido.
En menos de una semana, ambos habían salido del país.
Julián invirtió dinero, contactos, favores, investigadores.
No encontró a Camila.
Solo dejó de dormir.
Parte 4
El divorcio se volvió oficial en ausencia.
Porque Camila no peleó.
Porque Julián no pudo anularlo sin encontrarla.
Porque cada trámite legal era un recordatorio insoportable de que había perdido a la única persona ante la que alguna vez había querido bajar la guardia.
Los meses siguientes fueron una forma lenta de castigo.
Julián siguió trabajando. Cerró la fusión. Apareció en portadas. Dio entrevistas. Ganó más dinero del que una persona podría gastar en diez vidas.
Y, sin embargo, por dentro, se iba quedando hueco.
Su madre llegó a decirle una tarde, en un almuerzo en Las Lomas:
—Ya pasó suficiente tiempo. Deberías rehacer tu vida.
Julián dejó los cubiertos sobre la mesa.
—La rehice una vez. Y la perdí por no protegerla.
No volvió a hablar del tema.
A veces, de madrugada, se quedaba solo en el jardín, mirando el rosal que Camila había plantado. Ese rosal seguía igual de terco. Florecía cuando quería. Sobrevivía al descuido. Se negaba a morir.
Como ella, pensaba él.
Y esa idea era lo único que le permitía respirar.
Parte 5
Camila, mientras tanto, había aprendido otra clase de vida.
Se fue primero a Puebla, usando el apellido de soltera de su madre. Después a Veracruz. Luego a un pueblo costero donde nadie conocía el nombre Beltrán ni le importaba.
Trabajó en lo que pudo.
Recepcionista. Cajera. Auxiliar en una pequeña tienda. Finalmente, empleada nocturna en la gasolinera donde Julián la encontró.
Su embarazo fue difícil.
No por la niña. La bebé crecía sana.
Fue difícil por el cansancio, por el miedo, por las náuseas, por las cuentas impagables, por la humillación de tener que elegir entre vitaminas y renta, por el orgullo herido que no la dejaba llamar a nadie.
Pero sobre todo fue difícil porque, por más que se obligaba a odiarlo, en el fondo seguía sin lograr que el recuerdo de Julián encajara con la imagen del hombre que supuestamente la había traicionado.
Había días en que se repetía: sí lo hizo. Te mandó a destruir.
Y otros en los que despertaba con el eco de su voz en la cocina, con la memoria de sus manos torpes preparando café, con la certeza absurda de que algo no cerraba.
Nunca le dijo a nadie quién era el padre.
Cuando la gente preguntaba, sonreía poco y respondía:
—Ya no está.
No era exactamente una mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
La única persona que supo algo más fue Doña Teresa, una viuda de sesenta y tantos que rentaba el cuarto pequeño donde Camila vivía.
Doña Teresa era de esas mujeres que detectan el dolor ajeno antes de que se pronuncie.
Una noche, cuando Camila regresó de trabajar con los pies hinchados y la espalda rota, la señora le puso un plato de caldo enfrente y le dijo:
—A veces una mujer no se va porque deja de amar. A veces se va porque amar ya le duele demasiado.
Camila no pudo seguir fingiendo.
Se echó a llorar por primera vez en meses.
—Yo quería que conociera a su hija —susurró con la voz quebrada—. Iba a decírselo ese día.
Doña Teresa levantó la mirada.
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