Doña Carmen dejó que su ahijado Diego se quedara en la casa… pero una tarde descubrí algo que jamás habría imaginado

Doña Carmen dejó que su ahijado Diego se quedara en la casa… pero una tarde descubrí algo que jamás habría imaginado

No dije nada.
No denuncié a Doña Carmen.

En cambio, guardé su secreto.

Empecé a arreglarme más cuando sabía que Diego iba a venir. Usaba ropa más ajustada, vestidos ligeros o shorts que antes no me atrevía a ponerme dentro de la casa.

Siempre procuraba oler bien cuando él estaba cerca.

Hasta que un día Doña Carmen salió a su clase de zumba en el centro comunitario del barrio, y Diego y yo nos quedamos solos en la casa.

Mientras yo fingía limpiar cerca del fregadero, él estaba sirviéndose agua del dispensador.

Dejé caer el trapo al suelo y me agaché lentamente.

Cuando me levanté, nuestras miradas se cruzaron.

—Hace mucho calor, ¿no? —le dije con una voz suave mientras me acercaba.

Diego sonrió.

Una sonrisa llena de significado.

—Pensé que solo a mi madrina le gustaban estas cosas —murmuró—. Pero parece que tú eres todavía más intensa.

Me tomó del brazo.

Sentí una corriente recorrer todo mi cuerpo.

Pero justo en ese momento se escuchó el ruido del portón.

—¡Valeria! ¡Diego! ¡Ya regresé! ¡Olvidé mi toalla para la clase! —gritó Doña Carmen desde afuera.

Nos separamos de inmediato.

Cuando ella entró a la cocina, nos miró con atención.

—¿Por qué están tan callados?

Inventé una excusa.
Pero su mirada decía que ella no era ninguna tonta.

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