El sol caía a plomo, implacable, sobre la tierra roja de Nuevo México cuando Caleb Marsh vio una figura tambaleándose en medio del camino. Al principio pensó que era un espejismo, uno de esos trucos crueles que el desierto les juega a los hombres sedientos.
Pero cuando su caballo relinchó nervioso, supo que era real.
Era una mujer apache, alta e imponente, con el rostro cubierto de polvo y sangre seca. Llevaba pantalones de cuero hechos jirones y una camisa que alguna vez fue blanca. Pero lo que hizo que Caleb jalara las riendas en seco fue la pistola que ella sostenía con una mano temblorosa, apuntándole directo al pecho.
—Bájate del caballo —ordenó en un español entrecortado, con la voz áspera como lija.
Despacio, Caleb levantó las manos, midiendo la situación. La mujer estaba herida, eso era evidente. Tenía una pierna vendada con trapos sucios y manchas de sangre fresca en el costado, pero sus ojos oscuros ardían con una determinación feroz.
No era una víctima pidiendo ayuda; era una depredadora acorralada.
—Tranquila —dijo Caleb con calma, desmontando lentamente—. No estoy buscando bronca.
—Ya me encontraron —respondió ella, y entonces se le doblaron las rodillas.
Caleb se lanzó hacia adelante y la atrapó antes de que se estrellara contra el suelo. La pistola cayó en la arena. Ella forcejeó débilmente contra él, pero el agotamiento la venció.
Caleb sintió el calor de la fiebre a través de la ropa empapada en sudor.
—Carajo… —murmuró, cargándola hasta su caballo.
No tenía idea en qué tipo de problema acababa de meterse, pero una cosa era segura: esa mujer apache había escapado de algo terrible, y fuera lo que fuera, probablemente vendría a buscarla.
Caleb cabalgó dos horas con la mujer inconsciente frente a él, pegada a su pecho. Al fin apareció su rancho en el horizonte: una construcción modesta de madera, con un establo pegado y un corral para caballos. Vivía solo desde que su esposa murió de fiebre tres años atrás.
La soledad se había vuelto su compañera constante.
La llevó adentro y la recostó en su cama.
Bajo la luz de la lámpara pudo ver mejor sus heridas: un corte profundo en el muslo, moretones en los brazos, y lo que parecían marcas de cuerda en las muñecas. Alguien la había amarrado y ella había logrado escapar.
Caleb pasó horas limpiándole las heridas, cosiendo el corte de la pierna con aguja e hilo y aplicando ungüentos de hierbas.
La mujer deliraba por la fiebre, murmurando palabras en apache que él no entendía. Una vez gritó un nombre: Nahana.
Cuando terminó, Caleb se dejó caer en una silla junto a la cama, rendido. La miró.
Incluso en ese estado vulnerable, había algo temible en ella. Tenía los brazos musculosos, las manos curtidas. No era una apache cualquiera.
Era una guerrera.
Afuera, los coyotes empezaron con sus llamados nocturnos. Caleb cargó su rifle y lo mantuvo a la mano. Si alguien venía buscando a esa mujer, él estaría listo.
Despertó al amanecer con el sonido de algo golpeando el piso. Caleb se levantó de golpe, por instinto agarrando el rifle. La apache estaba de pie junto a la mesa, tambaleándose, con un cuchillo de cocina en la mano.
Tenía los ojos abiertos de par en par, desorientada.
—¿Dónde estoy? —preguntó—. ¿Qué me hiciste?
—Tranquila —dijo Caleb, manteniendo el rifle abajo, pero a la vista—. Te encontré en el camino. Estabas herida. Te traje para curarte.
Ella recorrió con la mirada la cabaña, luego sus piernas vendadas y por último a Caleb, con desconfianza en los ojos.
—¿Por qué?
—Porque dejarte morir no estaba en mis planes de hoy —respondió Caleb.
Por un largo momento se miraron en silencio, tenso como alambre. Luego algo cambió en la expresión de ella. No era exactamente confianza, pero el pánico animal empezó a aflojar.
—Me llamo Caleb Marsh —dijo, bajando el rifle poco a poco—. Este es mi rancho. Aquí estás a salvo.
Ella seguía sosteniendo el cuchillo.
—Soy Kaya.
—¿De qué estabas huyendo, Kaya?
La pregunta ensombreció el rostro de Kaya.
Sus nudillos se le pusieron blancos alrededor del mango del cuchillo, ese tipo de cuchillo que algunos hombres usan creyendo que pueden tomar lo que se les antoje.
(Mensaje del canal, estilo narración)
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Durante los siguientes tres días, Kaya se recuperó lentamente.
Comía poco y hablaba aún menos. Caleb le dio su espacio, pero se mantuvo alerta. Algo en el estómago le decía que el peligro seguía allá afuera.
La mañana del cuarto día, Kaya salió cojeando al porche, donde Caleb estaba arreglando una montura.
Se dejó caer con pesadez, entrecerrando los ojos hacia el horizonte.
—Necesito un caballo —dijo, seca.
—¿Para ir a dónde?
—Lejos.
Caleb dejó la montura a un lado.
—Los hombres de los que escapaste te están buscando.
Kaya soltó una risa sin gracia.
—No son hombres. Son demonios con forma humana.
Lo miró directo.
—Mi tribu me vendió a un tratante de esclavos. Iba a llevarme al sur, a México, para venderme al mejor postor. Me escapé hace cuatro días. Maté a uno de sus guardias con mis propias manos.
Se quedó callada, desafiante, esperando que Caleb reaccionara con horror o asco. Pero él sólo asintió, despacio.
—¿Por qué tu tribu te traicionaría?
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