Banco.
Uno de sus socios principales.
El contable.
Rechazó la llamada y siguió sonriendo.
Un minuto después llegó un correo de cumplimiento normativo a varios presentes en la mesa.
Un inversor dejó la copa y sacó el teléfono.
Otro leyó algo, alzó la vista hacia Damián y dejó de sonreír.
Ruth notó el cambio antes que nadie.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.
—Nada —mintió él—.
Tonterías del estudio.
No eran tonterías.
A las doce y cuarenta y ocho, dos agentes y una funcionaria judicial subieron a la terraza.
No gritaron.
No hicieron un espectáculo.
Eso volvió todo peor.
Caminaron con la seguridad tranquila de quien no necesita impresionar a nadie.
La funcionaria preguntó por Damián Álvarez y por Ruth Díaz.
El murmullo alrededor de la mesa se apagó.
Le entregaron a él una notificación de inmovilización cautelar de cuentas vinculadas a su estudio y una citación por presunta falsificación documental y ocultación patrimonial.
A Ruth le notificaron la apertura de una investigación sobre la sociedad receptora de fondos desviados y la congelación preventiva de una cuenta de su estudio de interiorismo.
—Esto es absurdo —dijo Damián, con la cara cambiando de color—.
Tiene que haber un error.
La funcionaria ni se inmutó.
—El detalle del expediente figura en el anexo.
También la trazabilidad de las transferencias y la reclamación ejecutiva derivada del contrato original de préstamo.
Contrato original.
Ruth giró despacio hacia él.
—¿Qué contrato?
Damián la miró como mira un hombre al que de pronto se le ha abierto el suelo bajo los pies.
Entonces entendió.
Cristina había encontrado el sobre.
El almuerzo se pudrió en segundos.
Uno de los socios se levantó y se marchó sin despedirse.
Otro dijo que su fondo quedaba fuera hasta nuevo aviso.
La tía de Damián se persignó como si eso pudiera tapar el
bochorno.
Ruth retrocedió un paso, todavía con el ramo en la mano, mirando a su flamante esposo como si nunca lo hubiera visto.
—Me dijiste que esa etapa estaba cerrada —susurró.
—Lo estaba.
—Mentira.
Nada de esto parece cerrado.
Damián trató de agarrarle el brazo, pero ella se soltó.
Bajó de la terraza con el vestido blanco y el rostro descompuesto, mientras la lluvia volvía a empezar sobre el puerto.
Damián llamó a Cristina diecisiete veces en menos de una hora.
No obtuvo respuesta.
Llamó a Inés.
La secretaria le informó con una cortesía fría que toda comunicación debía hacerse por la vía legal.
Llamó al banco.
Le confirmaron el bloqueo.
Llamó al contable.
El contable llevaba media hora apagando incendios y solo le dijo: —Te pedí que no tocaras esa línea de crédito sin cobertura.
Al final, condujo hasta la clínica Montalvo, porque era el único lugar donde todavía pensaba que podía imponerse.
Entró empapado, sin cita, respirando como un hombre perseguido.
Sonia estaba en la recepción y ni siquiera fingió sorpresa.
—No deberías estar aquí —le dijo.
Cristina apareció al fondo del pasillo con un abrigo beige y una carpeta en la mano.
Caminaba despacio por el embarazo, pero no había nada frágil en ella.
Damián se lanzó a hablar antes de que ella llegara a su altura.
—¿Qué has hecho?
—Recuperar lo que era mío.
—¡Me arruinaste en mi boda!
Cristina inclinó ligeramente la cabeza.
—No, Damián.
Te arruinó lo que llevabas haciendo desde hacía meses.
Yo solo dejé de cubrirte.
Él bajó la voz, como si todavía existiera intimidad entre ambos.
—Podríamos arreglarlo.
Cristina, escucha.
Estás embarazada.
No te conviene una guerra ahora.
La frase la hizo sonreír por primera vez de verdad.
—Eso pensabas tú.
Que embarazada me ibas a asustar más fácil.
Abrió la carpeta y sacó el sobre crema.
Damián lo reconoció al instante.
El color se le fue de la cara con una violencia casi física.
—No puede ser —murmuró.
—Sí puede.
Ella le mostró apenas la primera hoja.
Su firma.
La cláusula de garantía.
La obligación personal.
La fecha.
—Mi padre no confiaba en ti —dijo Cristina—.
Yo sí.
Ese fue mi error.
Pero el suyo fue preverte mejor de lo que yo te amé.
Damián intentó tocar el documento.
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