Si atacaban de inmediato, Damián podía mezclarlo todo con el divorcio, alegar copropiedad, bloquear medidas, arrastrarla a meses de desgaste justo antes del parto.
Había una mejor salida.
Dejar que él acelerara el divorcio convencido de que ella solo quería desaparecer.
Hacerle firmar un anexo asumiendo la totalidad de las deudas ocultas y renunciando a cualquier reclamación sobre activos heredados y preexistentes.
Esperar a que el juez sellara el acuerdo.
Y solo entonces mover las piezas.
—Va a creer que ganó —dijo Inés.
—Necesito que lo crea —respondió Cristina.
Así llegaron a aquella mañana lluviosa de octubre.
Cuando Damián apareció junto al coche con el traje impecable y Ruth colgada de su brazo, Cristina ya había repetido el plan tantas veces en su cabeza que sentía una calma casi ajena.
Ruth llevaba un vestido burdeos demasiado elegante para una mañana de juzgado.
Damián olía a perfume caro y superioridad.
Ni uno ni otro se molestó en disimular.
—No hagamos esto más dramático de lo necesario —dijo él mientras caminaban hacia la entrada—.
Los dos merecemos empezar de nuevo.
Cristina lo miró de perfil y pensó que hay hombres que llaman empezar de nuevo a seguir igual con otra mujer.
Dentro del juzgado todo fue rápido.
Demasiado rápido para los años que se estaban enterrando en una carpeta.
El juez habló con voz cansada, verificó nombres, leyó condiciones básicas.
Damián firmó primero, impaciente, con la emoción mal contenida de quien tiene una celebración esperándolo fuera.
Inés deslizó el anexo final entre las hojas.
Damián apenas le dedicó una ojeada antes de rubricarlo también.
Cristina firmó después.
No le tembló la mano.
Cuando el juez estampó el sello, Damián exhaló como si acabara de librarse de una carga.
Incluso sonrió.
Ruth, al fondo, respondió
con una expresión satisfecha que irritó hasta al funcionario más indiferente de la sala.
En el pasillo, Damián se acomodó los puños de la camisa.
—A las doce me caso —dijo, casi con orgullo—.
Ya era hora de que cada uno siguiera su camino.
Cristina lo miró un segundo largo.
Luego apoyó una mano sobre el vientre.
—Ojalá te dé exactamente la vida que elegiste.
Él interpretó la frase como derrota.
Fue su último error lúcido del día.
Apenas Cristina salió del edificio, Inés caminó a su lado sin alterar el paso.
—Ya está en marcha —dijo en voz baja—.
El banco recibe la documentación en diez minutos.
Los socios, a las once.
La denuncia mercantil entra registrada antes de la ceremonia.
Cristina respiró hondo.
No sintió euforia.
Sintió alivio.
Damián y Ruth se casaron al mediodía en una sala privada de un registro civil y celebraron después un almuerzo pequeño en la terraza de un hotel con vista al puerto.
Asistieron algunos socios, dos amigas de Ruth, una tía de Damián que fingía moral y varios conocidos encantados con el espectáculo de la pareja nueva.
Ruth llevaba otro vestido color marfil.
Damián brindaba como si acabara de quitarse de encima una etapa incómoda.
—Por el futuro —dijo levantando la copa—.
Por las decisiones valientes.
A la mitad del brindis, el móvil empezó a vibrarle en el bolsillo.
Lo ignoró la primera vez.
Luego la segunda.
Después la tercera.
Cuando al fin miró la pantalla, frunció el ceño.
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