Pensó que la estaban llevando a un asilo, y durante todo el trayecto sintió cómo el miedo le iba cerrando la garganta poco a poco.
Pero cuando levantó los ojos y leyó el nombre del edificio, el mundo entero se detuvo en seco.
Alicia no había nacido para ser madre.
Ni siquiera lo había planeado.
La vida, hasta aquel entonces, le había dado una rutina sencilla: un marido trabajador, una casa modesta, una cocina pequeña donde siempre olía a café por las mañanas, y una niña de cinco años que no era suya de sangre, pero que cada día se le sentaba más cerca en el sofá.
Esa niña se llamaba Lucía.
Cuando Alicia se casó con Ernesto, Lucía ya existía en su vida como una herida y un milagro al mismo tiempo.
La madre biológica se había marchado hacía años, y Ernesto había aprendido a criar a su hija con una mezcla de amor feroz y torpeza agotada.
Alicia llegó después, sin hacer promesas grandiosas.
No intentó ocupar el lugar de nadie.
Simplemente empezó a estar.
Primero fue la mano pequeña buscando la suya al cruzar la calle.
Luego los dibujos pegados en la nevera.
Después las noches en que Lucía se dormía en su regazo viendo caricaturas.
Con el tiempo, lo que comenzó como compañía se volvió familia.
Y entonces Ernesto murió.
Fue rápido, demasiado rápido.
Un infarto.
Una llamada.
Un hospital.
Un pasillo blanco.
Un médico con esa voz vacía que usan quienes repiten tragedias todos los días.
Alicia recordaría siempre el sonido de sus propios zapatos en el suelo brillante cuando salió de allí.
Recordaría también el silencio de la casa al regresar.
Y, más que nada, recordaría a Lucía, de pie en medio de la sala, abrazando un oso de peluche viejo, mirando la puerta como si todavía esperara ver entrar a su padre.
Nadie obligaba a Alicia a quedarse.
No había papeles que la ataran.
No había una ley que exigiera ese sacrificio.
Podía marcharse.
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