—Solo intentaba evitar una escena mañana.
Mi estómago se endureció.
Miré a Tomás.
—¿La invitaste a pasar por la propiedad de papá?
Tomás levantó las manos.
—Clara, no exageres. Ya todos sabemos que esto se va a resolver pronto. Lo mejor es aceptar la realidad con dignidad.
—¿Qué realidad?
Él suspiró, como si yo fuera una niña difícil.
—Que papá no estaba bien al final. Que tú vivías aquí. Que lo aislaste. Que seguramente influiste en sus decisiones.
Durante un segundo me quedé inmóvil.
No por sorpresa.
Por asco.
Mi padre había pasado los últimos ocho meses enfermo, sí. Pero cada medicina, cada cita, cada madrugada en urgencias, cada factura, cada baño, cada temblor, cada noche en vela… yo había estado ahí.
Tomás no.
Tomás aparecía una vez cada dos semanas con pan dulce, una voz compungida y preguntas demasiado concretas sobre escrituras, cuentas y seguros.
Y ahora estaba del lado de ellos.
Lo miré fijamente.
—Dilo completo —murmuré.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Dilo completo, Tomás. Atrévete a decir que yo manipulé a nuestro padre mientras tú negociabas con mi exmarido y su amante a espaldas mías.
Su cara cambió.
Solo un instante.
Pero lo vi.
Y Rebeca también notó que lo vi.
—No sé de qué hablas —dijo él.
—Yo sí.
Metí la mano al bolsillo del mandil y saqué una pequeña llave de latón vieja, con la pintura desgastada. Rebeca la observó sin entender. Tomás palideció.
—¿Te acuerdas de esto? —pregunté.
—No hagas tonterías, Clara —dijo mi hermano, demasiado rápido.
Sonreí sin alegría.
—Entonces sí te acuerdas.
La llave abría un compartimento oculto en la base de la vieja banca de cantera que estaba junto a los rosales blancos. Una banca que mi padre había construido con un albañil local veinte años atrás, cuando mi madre todavía vivía.
Rebeca soltó una risita incrédula.
—¿Qué es esto? ¿Una obra de teatro?
No respondí.
Fui hacia la banca.
Sentí sus pasos detrás de mí, rápidos, tensos. Tomás llegó primero y me sujetó del brazo.
—Basta —me dijo entre dientes—. Suéltalo ya.
Lo miré con frialdad.
—Quita la mano.
—Clara…
—Te dije que me sueltes.
No sé qué vio en mi cara, pero me soltó.
Me agaché, introduje la llave en una rendija casi invisible bajo el asiento de piedra, giré dos veces a la izquierda y una a la derecha.
Se oyó un chasquido seco.
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