Tres semanas después del funeral de mi padre, la nueva esposa de mi exmarido me dijo que me largara de la casa donde crecí… sin saber que mi padre había dejado una última trampa enterrada bajo los rosales

Tres semanas después del funeral de mi padre, la nueva esposa de mi exmarido me dijo que me largara de la casa donde crecí… sin saber que mi padre había dejado una última trampa enterrada bajo los rosales

Esa asistente era Rebeca.

Y ahora estaba parada entre las rosas de mi padre, diciéndome que empezara a empacar.

La miré durante un largo segundo y luego pregunté:

—¿Te refieres al mismo Mauricio que le fue infiel a su esposa y destruyó un matrimonio de quince años con su propia empleada? ¿A ese “hijo” te refieres?

La sonrisa se le quebró por primera vez.

—Eso ya es historia antigua —espetó—. Don Héctor lo perdonó.

—¿Las comidas en el club? —pregunté—. ¿Esa es tu prueba?

Rebeca entrecerró los ojos.

—No te conviene hablarme así, Clara.

Yo apoyé las tijeras de podar sobre la mesa de hierro del jardín con una calma que la incomodó más que cualquier grito.

—Y a ti no te conviene venir a mi casa a amenazarme antes de que lean un testamento que ni siquiera conoces.

Ella soltó una risa seca.

—Ya veremos.

En ese instante apareció Tomás saliendo por la puerta trasera de la cocina. Mi hermano menor llevaba el celular en la mano, la camisa mal fajada y esa expresión resbalosa que había desarrollado en los últimos meses: una mezcla de falsa preocupación y cálculo.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, aunque por su tono estaba claro que sabía perfectamente lo que pasaba.

Rebeca se volvió hacia él con una sonrisa distinta, más suave, casi cómplice.

back to top