Ella pensó que eran gemelos. Entonces el doctor se quedó inmóvil, volvió a contar… y susurró: “Hay un sexto bebé.”

Ella pensó que eran gemelos. Entonces el doctor se quedó inmóvil, volvió a contar… y susurró: “Hay un sexto bebé.”

Le administraron medicamentos para intentar detener el trabajo de parto. Le hablaron de maduración pulmonar, de supervivencia neonatal, de riesgos que sonaban demasiado crueles para una madre despierta. Mariana miraba el techo y sólo repetía una oración muda: todavía no, todavía no, todavía no.

A medianoche, el doctor principal entró con el rostro serio.

—Necesitamos hablar con ustedes.

Javier se puso de pie de golpe.

—¿Qué pasa?

El doctor respiró hondo.

—El cuerpo de Mariana está llegando a un límite peligroso. Hay presión alta, amenaza de parto prematuro y signos de que no todos los bebés están recibiendo las mismas condiciones. Si esto empeora, podríamos perderlos a ellos… o perderla a ella.

Mariana sintió que el mundo se abría bajo la cama.

—¿Qué quiere decir?

El doctor vaciló apenas.

—Que, si llegamos a una situación extrema, tendremos que tomar decisiones médicas muy difíciles para intentar salvar la mayor cantidad de vidas posible.

La frase quedó flotando en el cuarto como una sombra.

Javier se sentó de nuevo, pálido.

—No —dijo casi en un susurro—. No. No me hagan elegir entre mi esposa y mis hijos.

El médico bajó la mirada.

—Espero que no lleguemos a eso.

Pero llegaron.

Dos días después, Mariana empezó a convulsionar.

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