El médico entrecerró los ojos frente al monitor, luego parpadeó, como si de pronto la habitación se hubiera inclinado.
—Espere… —murmuró.
Javier apretó con más fuerza la mano de su esposa.
El doctor señaló otro pequeño destello en el borde de la imagen. Otro pulso. Otra forma. Otra vida diminuta e imposible abriéndose paso en la oscuridad.
—Encontré un sexto bebé.
Ahora nadie habló.
La habitación, que ya estaba en silencio, pareció hundirse en una capa todavía más profunda de silencio. Mariana se quedó mirando la pantalla, tratando de obligar a esas palabras a convertirse en una frase que su mente pudiera sostener. Había llegado preparada para una posibilidad. Se había mentalizado para escuchar que venían dos. Incluso había abierto un rincón muy frágil de su imaginación para aceptar tres.
Pero seis no era una cifra.
Seis era un derrumbe.
Javier fue el primero en decirlo en voz alta.
—¿Seis?
El doctor volvió a asentir, esta vez con la seriedad firme de alguien que entendía que su trabajo acababa de pasar de dar una sorpresa a explicar un peligro.
—Sí. Seis.
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