Mi esposa, Valeria, tenía siete meses de embarazo. Era nuestro primer hijo.
Valeria no tenía a nadie más. Había crecido sin padres, pasando de una casa a otra, aprendiendo demasiado pronto a no estorbarle a nadie. Era dulce, callada, de esas personas que hasta para llorar parecen pedir permiso. Yo sabía que el embarazo la tenía agotada, que a menudo se mareaba, que a veces se quedaba dormida sentada en el sillón esperándome. Por eso contraté a una empleada doméstica “de absoluta confianza”, carísima, recomendada por la esposa de un compañero del banco. Se llamaba Bertha.
Aquel viernes, mi última reunión se canceló. Sonreí como un tonto. Pasé a comprar rosas blancas, unas ropitas para el bebé y pañalitos con dibujos de ositos. Quería sorprender a Valeria. Quería verla feliz.
Pero en cuanto puse un pie en la sala, sentí que el aire se volvía hielo.
Valeria estaba de rodillas sobre el piso de mármol, empapada con el agua gris y sucia de una cubeta. Con una mano intentaba sostener su vientre enorme, y con la otra se restregaba los brazos y las piernas con un trapo áspero hasta dejarse la piel roja. Lloraba en silencio, respirando entrecortado, como si tuviera miedo hasta de hacer ruido.
—Ya casi termino… ya casi estoy limpia… —dijo entre jadeos—. Perdón… perdón…
Frente a ella, Bertha estaba sentada en mi sillón favorito, viendo una telenovela con el volumen altísimo y comiéndose la fruta que yo le había comprado a Valeria esa misma mañana. En una esquina del comedor estaban mi madre y mi hermana Paulina, que habían ido “a hacerle compañía un rato”. Ninguna de las dos se movía. Mi madre apretaba su bolsa contra el pecho; Paulina tenía los ojos llenos de vergüenza, pero ambas seguían inmóviles, como si Bertha fuera una tormenta imposible de detener.
—¡Más fuerte! —gritó Bertha sin apartar la vista de la televisión—. ¡Mírate esa piel! ¡Toda mugrosa! ¿De verdad crees que un hombre como Julián quiere llegar de trabajar y encontrarte así? Das asco. Hueles a pobreza.
Valeria se talló con más fuerza. La vi temblar.
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