Akiko no pudo contener las lágrimas. En ese momento, entendió que el amor no siempre es algo que se elige o se construye con palabras; a veces es algo que te espera bajo la nieve, sin condiciones, simplemente porque te reconoce como parte de su mundo.
Desde entonces, el templo de Hokkaido tiene dos guardianes. Uno de pelo blanco y otro de pelaje áspero. Dos seres que el tiempo olvidó, pero que se encontraron para recordarse que, mientras alguien te espere, nunca se está del todo solo.
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