En el norte de Japón, el invierno no es una estación, es un estado mental. En Hokkaido, la nieve cae con una densidad que parece querer silenciar hasta los pensamientos. Allí, entre casas de madera que crujen como ancianos cansados, vivía Akiko.
Desde que el lugar de su esposo en la mesa quedó vacío hace quince años, Akiko había convertido su soledad en un ritual. Cada mañana, sin importar si el viento cortaba como un cuchillo de cocina, se envolvía en su abrigo de lana gruesa, tomaba su bastón de madera de cerezo y caminaba hacia la plaza del viejo templo sintoísta. Sus rodillas, desgastadas por décadas de trabajo en los campos de arroz, protestaban a cada paso, pero ella siempre decía lo mismo: “Si dejo de caminar, el frío entrará en mis huesos y ya no saldrá”.
Una mañana, el aire era de un gris plomizo. Al llegar a los escalones de piedra del templo, Akiko se detuvo en seco.
Junto al banco donde ella siempre reposaba su termo de té, había un ciervo. Era joven, pero su pelaje estaba castigado por el invierno, áspero y cubierto de una fina capa de escarcha. Sus ojos eran dos pozos de obsidiana que parecían contener toda la tristeza del bosque. Lo que dejó a Akiko sin aliento fue su gesto: el animal no huyó, simplemente bajó la testuz con una lentitud solemne, realizando una reverencia perfecta.
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