Adopté a la hija de mi mejor amiga tras su repentina muerte. Cuando cumplió 18 años, me dijo: “¡Tienes que hacer las maletas!”. Pasé mi infancia en un orfanato. Sin padres, sin familia, sin nadie que me reconociera. Mi mejor amiga, Lila, tenía la misma historia: dos chicas sin apellido, olvidadas por todos.
Una madre rebosante de alegría por su recién nacida | Fuente: Unsplash “Es perfecta”, susurró Lila, acunando a la bebé que lloraba contra su pecho. “Mírala, Anna. Es preciosa”. Miranda…









