PARTE 1
Diego Martínez tenía 29 años cuando aceptó casarse con la mujer más rica y más sola de San Pedro Garza García.
No fue por amor.
Tampoco por ambición, aunque muchos después jurarían que sí.
Diego venía de un pueblo de Oaxaca donde la pobreza no se contaba en pesos, sino en silencios. Su padre necesitaba tratamientos urgentes, su madre había empeñado la casa y un agiotista ya amenazaba con quedarse hasta con el terrenito familiar donde estaba enterrado su abuelo.
En Monterrey trabajaba como encargado de mantenimiento en una mansión enorme, de esas con portones negros, cámaras en cada esquina, fuente en la entrada y empleados que caminaban bajito, como si hasta respirar fuerte fuera falta de respeto.
La dueña era Mercedes Aranda, viuda, 60 años, elegante, fría y temida.
Mercedes había perdido las 2 manos en un accidente carretero hacía 10 años. Desde entonces necesitaba ayuda para muchas cosas, pero odiaba que la trataran como inútil.
Tenía una mirada dura, de esas que atraviesan, pero también una tristeza escondida que nadie se atrevía a mirar demasiado.
Diego arreglaba tuberías, luces del jardín, puertas automáticas y aires acondicionados. Nunca se metía en lo que no le importaba.
Hasta que descubrió que un proveedor estaba cobrando piezas falsas.
Pudo quedarse callado. Pudo pedir comisión. Pudo hacer lo que muchos hacían en esa casa: cerrar los ojos y cobrar.
Pero fue al despacho de Mercedes y le dejó los recibos sobre la mesa.
Ella lo observó largo rato.
—¿Eres honrado porque te conviene o porque no sabes vivir de otra forma?
Diego no supo qué responder.
Solo bajó la mirada.
Días después, Mercedes lo mandó llamar otra vez. Sobre el escritorio había una carpeta con su nombre completo, sus deudas, los recibos médicos de su papá y hasta el nombre del agiotista de Oaxaca.
Diego se quedó helado.
—Necesito un esposo —dijo ella, sin rodeos—. No un amante. No un criado disfrazado. Un esposo legal.
Él pensó que era una burla.
Pero Mercedes no sonrió.
Su sobrino, Rodrigo Aranda, llevaba años esperando verla débil para quitarle sus propiedades. Decía que una mujer sin manos no podía manejar millones, que estaba perdiendo la cabeza y que su dinero debía quedar en manos de la familia.
—Quiero blindarme —explicó Mercedes—. Será por 1 año. Habitaciones separadas. Respeto absoluto. Te pagaré 80 mil pesos al mes. Tú salvas a tu familia y yo consigo a alguien que no me robe.
Diego sintió vergüenza, miedo y coraje al mismo tiempo.
Quiso decir que no.
Quiso levantarse y salir con dignidad.
Pero recordó a su madre llorando por teléfono, a su padre fingiendo que no le dolía y al agiotista parado frente a su casa como dueño de todo.
Aceptó.
Se casaron un viernes por la mañana, en una oficina discreta, con 2 testigos de confianza. No hubo flores, música ni brindis. Solo firmas, miradas tensas y un silencio más pesado que cualquier fiesta.
Esa noche, Diego entró a la suite que Mercedes le había asignado. Ya no era el cuarto de servicio. Era una habitación enorme, con baño de mármol y una ventana desde donde Monterrey brillaba como si el dinero también alumbrara.
Pero él no pudo dormir.
Tenía miedo de la famosa noche de bodas.
Aunque Mercedes había prometido respeto, Diego sentía que, cuando uno viene de abajo, hasta decir “no” parece un lujo prestado.
A las 11:30 sonó el interfono.
—Diego, ven a mi habitación.
Él caminó por el pasillo con el corazón golpeándole las costillas.
Cuando entró, Mercedes estaba sentada junto a la ventana, con un rebozo gris sobre los hombros. En la mesa había una Biblia vieja, gastada por los bordes.
Diego tragó saliva.
Ella empujó el libro hacia él.
—No quiero tu cuerpo, Diego. Quiero tu voz. Léeme el Salmo 23. Necesito dormir sin miedo.
Él se quedó inmóvil.
Todo el terror que traía encima se le rompió por dentro.
Abrió la Biblia con las manos temblorosas y comenzó a leer.
Mercedes cerró los ojos.
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