PARTE 1
—Aquí no es museo para venir a calentar el piso, señor —dijo Valeria, sin levantar la vista de sus uñas recién pintadas.
El hombre se quedó inmóvil en la entrada de la relojería más elegante de avenida Presidente Masaryk, en Polanco.
Traía una sudadera gris desteñida, pantalón de mezclilla viejo y unos tenis llenos de polvo, como si hubiera caminado desde muy lejos.
Algunos clientes voltearon con esa cara de gente que no dice nada, pero humilla igual.
Nadie imaginó que aquel supuesto desconocido era Emiliano Robles, dueño de Robles Tiempo, una de las marcas mexicanas de relojes más exclusivas del país.
Sus piezas no se vendían en cualquier mostrador.
Las compraban empresarios, políticos, cantantes, coleccionistas y uno que otro junior que quería presumir en Instagram que llevaba 500,000 pesos en la muñeca.
Pero esa tarde Emiliano no llevaba traje.
No traía escoltas.
No usaba su reloj de oro rosa.
Había decidido entrar vestido como cualquier hombre cansado que apenas junta para pagar la renta, porque desde hacía meses escuchaba rumores incómodos.
Que en sus tiendas trataban a la gente según los zapatos.
Que sus vendedores sonreían solo si veían tarjeta negra.
Que su marca, nacida del trabajo de su abuelo relojero en Guadalajara, se había convertido en un club para presumidos.
Valeria, la vendedora estrella, lo miró de arriba abajo.
—Le aviso de una vez, aquí no manejamos abonos chiquitos ni apartados de 200 pesos. Tampoco damos folletitos para soñar en casa.
Un cliente soltó una risita baja.
Emiliano respiró hondo.
Antes de contestar, una joven salió del fondo con una caja de correas en las manos.
Se llamaba Lucía Mendoza, tenía 29 años, el cabello recogido con una pinza negra y el uniforme impecable, aunque los ojos le delataban cansancio.
—Buenas tardes, señor —dijo con voz tranquila—. Bienvenido a Robles Tiempo. ¿Busca un reloj para usted o para regalo?
Valeria bufó.
—Lucía, no pierdas tiempo.
Lucía no volteó.
Emiliano señaló una pieza de acero oscuro con detalles de ónix y esfera azul profundo.
—Ese me gustó.
Valeria soltó una carcajada.
—Ese cuesta más que su coche, si es que trae coche.
Lucía abrió la vitrina con cuidado, se puso guantes blancos y colocó el reloj sobre una charola de terciopelo.
Le explicó que la caja estaba inspirada en la arquitectura de Bellas Artes, que la correa era de piel trabajada en León, que la maquinaria había sido ajustada en Suiza y ensamblada en Jalisco.
También le dijo que solo existían 82 piezas.
Emiliano la escuchó sin interrumpir.
Durante casi 30 minutos, Lucía lo trató como cliente.
No como estorbo.
No como sospechoso.
No como pobre.
—Me lo llevo —dijo él al final.
Valeria se acercó de golpe.
—¿Perdón?
Emiliano metió la mano en la bolsa del pantalón. Luego en la sudadera. Después fingió ponerse nervioso.
—No puede ser… creo que perdí mi cartera.
El silencio cayó pesado en la tienda.
Valeria sonrió con una crueldad que ni siquiera intentó disimular.
—Ay, qué raro. El señor no trae dinero. Lucía, felicidades, acabas de regalar media hora de asesoría a alguien que vino a pasearse.
Lucía apretó los labios.
—Valeria, no es necesario.
—Claro que sí es necesario —respondió ella—. Por andar de sentimental, le abres la puerta a cualquiera. Seguro te recuerda a tu colonia, ¿no? De esas donde creen que con decir “buenas tardes” ya merecen entrar a Polanco.
Lucía se puso pálida, pero no bajó la mirada.
—Sí, vengo de Nezahualcóyotl. Mi mamá vendía tamales afuera del Metro Pantitlán y mi papá manejaba un taxi hasta que se enfermó. Pero en mi casa jamás nos enseñaron a medir a la gente por la mugre de sus tenis.
Varios clientes voltearon.
Emiliano sintió que la vergüenza le subía hasta la garganta.
Lucía se giró hacia él.
—No se preocupe, señor. Vamos a buscar su cartera. Tal vez se le cayó afuera.
Salió con él sin pedir permiso.
Revisó la banqueta, una jardinera, la entrada del estacionamiento y hasta se agachó cerca de una coladera mientras alumbraba con su celular.
La lluvia empezaba a caer finita sobre Polanco.
—No tiene que hacer esto —murmuró Emiliano.
—Claro que sí. Perder documentos es una pesadilla. Y más si trae identificación, tarjetas o algo importante.
Emiliano tragó saliva.
Lo que había empezado como una prueba ya se sentía como una mentira miserable.
Caminó hasta un coche viejo que había rentado para completar su disfraz y fingió revisar debajo del asiento.
—Aquí está… se había caído.
Lucía soltó una risa cansada.
—Ay, señor, casi me meto al drenaje por usted.
Esa noche, en su casa enorme de Lomas de Chapultepec, Emiliano abrió el expediente laboral de Lucía Mendoza.
Padre fallecido.
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