PARTE 1
“¡A ese hombre no lo quiero cerca de mi casa ni aunque se esté muriendo en la banqueta!”, gritó mi tía Lupita el día que mi tío Esteban salió del penal de Puente Grande.
Yo tenía veinticuatro años, mi mamá cincuenta y tantos, y una casa en Tonalá que se sostenía más por terquedad que por cemento. Mi papá había muerto cuando yo iba en quinto de primaria. Desde entonces, mi mamá, doña Mercedes, lavó ajeno, vendió tamales, cuidó enfermos y planchó uniformes para que a mí nunca me faltara la escuela.
La familia de mi papá apareció mucho el día del funeral. Lloraron, rezaron, comieron mole y se fueron. Después, cada quien volvió a su vida. La única persona que siguió visitándonos fue Esteban, el hermano menor de mi papá.
Hasta que, una noche de borrachera, hirió a un hombre afuera de una cantina.
Quince años estuvo encerrado.
Cuando salió, todos dijeron lo mismo:
—No lo metan a la casa. Ese hombre trae desgracia.
Mi mamá escuchó a sus cuñadas, a sus sobrinos y hasta a los vecinos. Luego abrió el portón y le dijo:
—Pásale, Esteban. Esta también fue casa de tu hermano.
Él entró con una mochila rota, la cara hundida y los ojos de alguien que ya había aprendido a pedir perdón sin palabras.
Desde ese día durmió en el cuarto donde antes estaba la ropa de mi papá. No molestaba. Se levantaba antes del amanecer, salía a buscar chamba y regresaba con las manos raspadas. A veces traía cien pesos. A veces nada. Por la tarde barría el patio, arreglaba goteras y sembraba cosas detrás del lavadero: jitomate, chile, cebolla, epazote, ruda.
—Lo que uno siembra con vergüenza también puede dar fruto —me dijo una vez.
Yo me reí.
Pero luego la vida nos apretó.
El taller mecánico donde yo trabajaba cerró sin pagar completo. Mi mamá empezó con la presión alta. El refrigerador se descompuso. La luz llegó con amenaza de corte. Vendimos una cadena de oro que había sido de mi abuela y después los aretes de mi mamá.
Los parientes aparecían solo para opinar:
—Desde que metieron al preso, todo se les vino abajo.
—Mercedes siempre fue buena, pero bien tonta.
Yo fingía no escucharlos, pero por dentro hervía.
Una noche nos cortaron la luz. Cenamos frijoles fríos con una vela en medio de la mesa. Mi mamá intentó sonreír, pero yo exploté.
—¿Y de qué sirve tu huertito, tío? ¿Nos va a pagar la luz? ¿Le va a comprar medicinas a mi mamá?
Mi madre me miró con dolor.
—Diego, no seas injusto.
Pero yo ya estaba demasiado lleno de rabia.
—¡Injusto es que él esté plantando chilitos mientras nosotros nos hundimos!
Esteban dejó su taza sobre la mesa. No gritó. No se defendió. Solo me miró como si esa frase le hubiera abierto una herida vieja.
—Mañana ven conmigo —dijo—. Quiero mostrarte algo.
—¿Otra planta milagrosa?
Él bajó la mirada.
—No, Diego. Algo que debí enseñarte antes.
A la mañana siguiente lo seguí de mala gana por una brecha rumbo al cerro. Caminamos entre nopales, piedras y mezquites hasta cruzar un portón oxidado. Cuando el terreno se abrió frente a mí, se me fue el aire.
Había hileras de árboles, colmenas, surcos verdes y una bodega nueva.
Mi tío dijo:
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