—Esto es lo que he estado sembrando.
Y entonces vi una camioneta negra estacionada al fondo, con mi primo Raúl bajándose junto a un hombre de traje.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Raúl no saludó. Nunca saludaba cuando venía a cobrar algo que no le pertenecía.
Traía lentes oscuros, camisa planchada y esa sonrisa de primo exitoso que siempre miraba a los demás como si fueran empleados. A su lado venía un abogado con portafolio café.
—Qué bonito les quedó el ranchito —dijo Raúl, viendo las colmenas—. Qué curioso que nadie en la familia supiera.
Mi tío Esteban se limpió las manos en el pantalón.
—Porque no era asunto de la familia.
Raúl soltó una carcajada.
—¿No? Este terreno fue de los Hernández desde hace años. Mi papá me contó. Y si tú lo trabajaste, muy bien, se te agradece. Pero no te hagas dueño de lo que no es tuyo.
Yo sentí que la sangre me subía a la cara.
—¿De qué estás hablando?
El abogado sacó unos papeles.
—Venimos a revisar una posible posesión irregular. El señor Raúl afirma que existen derechos familiares sobre esta propiedad.
Mi tío no cambió de expresión. Eso me dio más miedo que si hubiera gritado.
—El terreno se lo compré a Julián Torres, hijo del dueño original. Tengo contrato, pagos y escrituras en trámite.
Raúl ladeó la cabeza.
—¿Y con qué dinero compraste tú algo así, tío? ¿Con lo que ganabas en la cárcel?
La palabra “cárcel” cayó como piedra.
Yo di un paso, pero Esteban me detuvo.
—Con trabajo.
—No me hagas reír. Además, si hubo dinero, seguro salió de mi tía Mercedes. Y si salió de ella, entonces la familia tiene derecho a saber.
Ahí entendí. No venía por justicia. Venía por ambición.
Mi tío nos llevó a la bodega y abrió una carpeta gruesa. Había recibos, contratos, permisos, facturas de frascos, ventas de miel, pagos de árboles injertados y un convenio firmado por mi madre. También había una hoja con mi nombre.
—La mitad del proyecto está a nombre de Diego —dijo Esteban—. La otra mitad será de Mercedes si algo me pasa.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Mío?
Mi tío asintió.
—Tu mamá me dio techo cuando todos querían verme muerto en vida. Yo no tenía cómo pagarle, así que empecé esto.
Raúl apretó los labios.
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