Mi esposo me dejó en el desayuno porque “yo no trabajaba”, pero no sabía que mis dibujos secretos estaban por convertirse en un contrato millonario

Mi esposo me dejó en el desayuno porque “yo no trabajaba”, pero no sabía que mis dibujos secretos estaban por convertirse en un contrato millonario

PARTE 1

—No quiero una esposa que se la pase dibujando monitos mientras yo mantengo esta casa.

Alejandro dejó los papeles del divorcio sobre la mesa de la cocina como si fueran una cuenta de luz. Ni siquiera me miró. Seguía revisando su celular, con esa cara de hombre ocupado que usaba cuando quería hacerme sentir pequeña.

—Necesito a alguien con ambición, Mariana. Alguien que trabaje de verdad.

Yo tenía las manos manchadas de acuarela porque esa mañana había terminado una ilustración para mi séptimo libro infantil. Claro, Alejandro no lo sabía. Para él, mis libretas, mis colores profesionales y mi tableta digital eran “pasatiempos”. Nunca preguntó qué hacía tantas horas encerrada en el estudio. Nunca quiso saber por qué llegaban paquetes de editoriales, contratos o invitaciones a eventos literarios.

Solo sonreí.

—¿Dónde firmo?

Él levantó la vista, sorprendido por mi calma.

Durante seis años, yo había publicado libros infantiles bajo el seudónimo de Renata Beltrán. En México, las escuelas ya usaban mis cuentos en ferias de lectura. Mis libros estaban en Sanborns, Gandhi, El Sótano y hasta en aeropuertos. El año anterior había ganado casi cuatro millones de pesos en regalías. Y esa misma semana estaba por cerrar un acuerdo con una plataforma de streaming por otros seis millones.

Pero Alejandro no quería una mujer “jugando con colores”.

Quería a alguien como Valeria.

Valeria había sido mi amiga desde la universidad. Siempre admiraba mi ropa, mi departamento, mi matrimonio. Decía que yo tenía suerte para todo. Después entendí que no lo decía con cariño.

Dos semanas después de firmar el divorcio, Alejandro se mudó con ella. No solo eso: compraron la casa donde él y yo habíamos vivido en Coyoacán. Mi cocina, mi jardín, mi estudio. Ella subía fotos tomando café en mi antigua terraza, con frases como: “Al fin donde merezco estar”.

No cambiaron las cerraduras. Yo todavía tenía llave.

Pero no la usé.

No necesitaba entrar a recuperar nada. Ya había comprado un departamento en Polanco, con ventanales enormes, vista a la ciudad y un estudio lleno de luz. Por primera vez en años, respiré sin pedir permiso.

Pasaron tres meses sin saber de Alejandro.

Hasta un sábado a las seis de la mañana.

“Mariana, ¿puedes cuidar a Sofi hoy? Valeria tiene cita en el spa y yo tengo junta. Es urgente.”

Sofía era su hija de siete años, de su primer matrimonio. Una niña dulce, callada, demasiado acostumbrada a que los adultos decidieran por ella.

La audacia de Alejandro casi me hizo reír. Me había llamado mantenida, me había cambiado por mi ex amiga y ahora quería que yo le resolviera el día.

Pero Sofi no tenía la culpa.

—Tráela —respondí.

Llegó con una mochila de unicornio y el cabello hecho un desastre. Preparamos hot cakes con chispas de chocolate. Se rió cuando me cayó harina en la nariz. Luego sacó un libro de su mochila.

El mío.

El más reciente.

El que llevaba tres semanas como número uno en ventas infantiles en México.

—Tía Mari… —dijo, frunciendo la frente—. ¿Tú conoces a Renata Beltrán?

Sentí que el aire se detenía.

—¿Por qué preguntas?

—Porque se parece a ti en la foto de atrás. Y Valeria dice que es la mejor escritora infantil de todo México. Tiene todos sus libros en la sala.

Tuve que morderme el labio para no reír.

—Sofi —dije, arrodillándome frente a ella—. Necesito contarte algo, pero debe ser un secreto entre tú y yo.

Sus ojos se abrieron enormes.

—¿Tú eres Renata Beltrán?

Asentí.

—¿La Renata Beltrán?

—Sí.

Sofía se tapó la boca con las dos manos.

—Valeria tiene una foto tuya pegada en el refri.

Valeria. La mujer que se burlaba de mis dibujos. La que decía que yo desperdiciaba mi vida. Ahora tenía mi foto en su refrigerador.

—Prométeme que no se lo dirás a nadie todavía.

—¿Ni a mi papá?

—Ni a tu papá.

Sofi levantó su meñique.

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