Patricia me contó todo. El fondo de becas había sido usado para mover dinero de donadores, inflar facturas y pagar negocios falsos de mi hermano. Habían falsificado mi firma en autorizaciones bancarias. Si Roberto denunciaba, ellos iban a culparme también.
—Él te creyó inocente —dijo Patricia—. Por eso aceptó cargar con todo.
—¿Y Alejandro?
Patricia tardó demasiado.
—Alejandro redactó el acuerdo.
Sentí náuseas.
Mi esposo. El hombre que me consoló mientras yo lloraba por Roberto. El hombre que me dijo que algunos hombres solo muestran su verdadera cara cuando llega la presión.
Patricia me citó en un hotel en Reforma. Me entregó un sobre con copias, transferencias, firmas comparadas y una carta de Roberto.
La abrí con los dedos temblando.
Mariana, si algún día lees esto, significa que la verdad sobrevivió. No te traicioné. No robé. No amé a otra mujer. Firmé porque pusieron tu nombre en documentos falsos y creí que odiarme sería menos cruel que verte en prisión.
No pude respirar.
Cuando llegué a casa, Alejandro me esperaba junto a la mesa.
—¿Dónde estabas?
—Con Patricia Méndez.
No preguntó por qué. Calculó.
Ahí supe que era culpable.
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