PARTE 2: El bebé nació a las cinco de la mañana.
Era un niño diminuto, conectado a tubos, luchando por respirar dentro de una incubadora. Mariana sobrevivió, pero cuando abrió los ojos y vio a su padre, no pidió agua, no preguntó por Bruno, no quiso descansar.
Solo dijo:
—Papá… no lo dejes volver.
Ernesto le acarició la frente.
—No va a volver a tocarte, hija.
Mariana lloró en silencio. Durante tres años había escondido golpes, insultos, amenazas. Bruno la había convencido de que nadie le creería porque él “tenía amigos”. Le decía que si intentaba irse, le quitaría a Sofía. Le decía que su papá era un viejo metiche que no entendía cómo funcionaban las cosas.
Pero esa noche Bruno cruzó una línea que no tenía regreso.
Ernesto empezó a moverse sin hacer ruido.
Primero fue al taller de Toño Galván, su compadre de toda la vida. Toño sabía arreglar motores, pero también sabía escuchar en silencio. Por su taller pasaban taxistas, repartidores, policías, cobradores y hombres que hablaban de más creyendo que nadie ponía atención.
—Bruno no solo golpea mujeres —le dijo Toño—. Tiene un negocio de apuestas clandestinas. Presta dinero con intereses. Si no pagan, manda a sus muchachos a cobrar. Ramiro le limpia los reportes.
Después Ernesto visitó a Lupita, dueña de una cantina cerca del mercado. Ella había sido novia de Bruno antes de Mariana.
Próximo
—Ese hombre es un cobarde —dijo Lupita, sirviendo café en lugar de tequila—. Solo se siente fuerte con mujeres y gente endeudada. Pero hay algo que le da más miedo que la cárcel: perder su dinero.
Lupita contó que Bruno guardaba efectivo en una caja de seguridad y que su principal socio, un tal “El Ruso”, estaba empezando a desconfiar de él. También contó que Bruno había dicho una vez, borracho, que si Mariana algún día lo denunciaba, “un accidente” resolvería el problema.
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