PARTE 1
—Ese viejo de enfrente va a terminar matando a la pobre niña, y aquí todos estamos viendo la telenovela como si no pasara nada.
Doña Rosa María soltó la frase con la voz quebrada, aferrando las cortinas de su sala en una calle tranquila de la colonia Coyoacán, en la Ciudad de México. Frente a su fachada de azulejos vivía don Manuel, un hombre viudo de 68 años, de carácter áspero y mirada pesada. Desde que su hija Julieta se había divorciado y mudado a Querétaro por trabajo, don Manuel se había quedado a cargo de su nieta Sofía, una pequeña de 9 años que hasta hace poco llenaba la banqueta con el ruido de sus patines y sus carcajadas infantiles.
Pero esa tarde de martes, el ambiente en la calle se sentía espeso, como si el aire mismo anunciara una tragedia.
Sofía estaba sentada en el suelo de mosaico de la cocina de su abuelo, abrazando sus rodillas con fuerza. Su rostro estaba empapado en lágrimas y tierra. Frente a ella, don Manuel sostenía un pesado cuchillo cebollero que destellaba con la luz anaranjada del atardecer. No había verduras en la mesa. No había ollas en el fuego. El brazo del anciano estaba tenso, su mandíbula apretada, y la niña lo miraba desde el piso con los ojos desorbitados, como si tuviera enfrente al mismísimo diablo.
Rosa María sintió que un balde de agua helada le caía en la espalda.
Intentó convencerse de que su mente de señora chismosa le estaba jugando una broma. Tal vez el señor solo estaba arreglando algo en la cocina. Tal vez Sofía había hecho un berrinche de esos que hacen temblar las ventanas. Pero esa mirada de la niña… esa expresión no era la de un capricho. Era pánico puro y primitivo.
Durante los 4 días siguientes, el portón de don Manuel no volvió a abrirse. Las gruesas cortinas de la casa permanecieron selladas a cal y canto desde el amanecer hasta la madrugada. El ruido de los patines desapareció por completo.
La angustia carcomía a Rosa María. Una tarde, aprovechando que el panadero había pasado en su triciclo, compró 2 conchas de vainilla y cruzó la calle empedrada. Tocó el timbre 3 veces antes de que el anciano abriera apenas una rendija.
—Don Manuel, buenas tardes. Le traje un pancito a la niña Sofía. Ya tiene días que no la veo jugar afuera.
El hombre la miró con una frialdad que congelaba la sangre. Estaba demasiado tranquilo, con una calma que rayaba en lo perturbador.
—Se le agradece, Rosa. Pero la niña trae una infección en la garganta. Está en cama, mejor que ni reciba visitas.
—¿Nomás la saludo de lejitos? Para que vea que nos acordamos de ella.
—Está dormida —sentenció el hombre, y cerró la pesada puerta de madera en su cara.
Al día siguiente, la escena empeoró. Rosa vio a Sofía salir apenas unos segundos al patio trasero para recoger una toalla. Llevaba una playera sucia, el cabello enredado y caminaba arrastrando los pies. Rosa pegó la boca a la herrería de su barda.
—¡Sofi, mi amor! ¡Ven, te tengo un juguito!
La niña levantó la mirada. Sus ojos, rodeados de unas ojeras profundas, se llenaron de lágrimas en un instante. Hizo un movimiento leve con la cabeza y corrió despavorida hacia el interior de la casa.
Esa misma noche, a las 11 en punto, Rosa escuchó un golpe seco proveniente de la casa de enfrente, seguido de un grito ahogado. Luego, la voz ronca de don Manuel cruzó la calle silenciosa:
—¡Ya te dije que te calles y no te asomes!
A la mañana siguiente, Rosa no soportó más y consiguió el teléfono de Julieta.
—Julieta, hija, perdona que me meta, pero tu niña no está bien. Tienes que venir a la Ciudad de México ya mismo. Tu papá le está haciendo algo.
La respuesta del otro lado de la línea fue cortante y llena de fastidio:
—Ay, doña Rosa, mi papá ya me dijo que trae gripa. No empiece con sus chismes de colonia, yo trabajo 12 horas al día y no tengo tiempo para dramas.
—¡No es chisme, Julieta! ¡Esa criatura está aterrada, la tiene encerrada!
Hubo un silencio tenso.
—Voy el fin de semana —escupió Julieta, y colgó.
Pero esa misma madrugada, Rosa volvió a asomarse por la ventana y presenció algo que le heló la sangre por completo: la silueta de Sofía apareció detrás de la cortina del segundo piso, pegando su manita contra el vidrio, golpeando débilmente como si rogara por un rescate silencioso, justo antes de que una mano grande y arrugada la jalara bruscamente hacia la oscuridad.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
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