PARTE 1
Mateo y Valeria tenían 4 años de matrimonio cuando la prueba de embarazo por fin mostró las 2 líneas rojas que tanto habían anhelado. Vivían en una casa modesta en Ecatepec, en el Estado de México, una zona donde la vida nunca es fácil, pero ellos siempre le ponían el pecho a las balas. El dinero no sobraba, pero el amor y las ganas de salir adelante nunca faltaban. Mateo se partía el alma trabajando como chofer de aplicación, manejando su auto compacto durante 14 o hasta 16 horas diarias, esquivando el tráfico pesado de la Avenida Central. Valeria, por su parte, era una mujer trabajadora que antes de embarazarse vendía postres caseros y tamales en un tianguis los fines de semana para aportar al gasto de la casa.
Desde el día 1 que se enteraron del embarazo, Mateo trató a su esposa como a una verdadera reina. Antes de salir a ganarse el pan en la madrugada, le dejaba en la mesita de noche 1 vaso de leche, fruta picada y su pan dulce favorito. Por las tardes, sin importar que tuviera los ojos rojos por la falta de sueño, pasaba al mercado a comprarle antojos, vitaminas y todo lo que el médico de la clínica comunitaria le había indicado.
Valeria ya contaba con 6 meses de gestación. Su vientre lucía hermoso y redondo, y Mateo sentía que por fin la vida les estaba dando la recompensa que merecían. Sin embargo, de la noche a la mañana, el ambiente en su hogar se transformó en un verdadero infierno.
La madre de Mateo, Doña Carmen, había viajado desde su pueblo para instalarse en su casa con el pretexto de “ayudar” a la futura madre. Pero la realidad era otra: su presencia únicamente trajo una tensión insoportable. En las últimas 3 semanas, Valeria había cambiado por completo. Ya no quería salir de la habitación, ni siquiera para ver la luz del sol. Desde que amanecía hasta que anochecía, permanecía acostada, envuelta de pies a cabeza en 1 cobija gruesa de tigre, de esas pesadas de San Marcos, que la cubría por completo.
Cuando Mateo le preguntaba con voz suave si se sentía mal o si le dolía algo, Valeria forzaba 1 sonrisa débil, pálida, y le respondía que era simple agotamiento por los 6 meses de embarazo.
Pero Doña Carmen no perdía la oportunidad para soltar su veneno. “Esa mujer tuya es una mantenida y una floja, Mateo”, le repetía su madre todos los días mientras lavaba los platos con fuerza. “Cuando yo estaba embarazada de ti, me iba al campo a trabajar bajo el rayo del sol y lavaba ropa ajena hasta el día 9 de mi embarazo. Esta nomás te está viendo la cara, se hace la víctima para no hacer nada”.
Mateo se encontraba atrapado en un laberinto emocional. Por 1 lado, el cansancio extremo de la calle lo tenía al borde del colapso; por el otro, el amor ciego que sentía por su esposa chocaba de frente contra las palabras hirientes de su madre. Él quería creerle a Valeria, quería pensar que eran los achaques normales del segundo trimestre, pero en el fondo sabía que la actitud de su esposa ya cruzaba el límite de lo normal. Valeria casi no comía. Mateo le llevaba 1 plato de caldo a la cama, y ella solo lo miraba con los ojos inundados en lágrimas, negándose a probar un solo bocado.
Lo que más perturbaba a Mateo era que Valeria se negaba rotundamente a levantarse al baño si él estaba presente. Parecía que aguantaba las ganas de ir al baño durante 8 o 10 horas seguidas. Si Mateo hacía el mínimo intento de levantar la cobija para ayudarla a incorporarse, ella entraba en un pánico irracional, su rostro se ponía blanco como la pared y apretaba la tela de tigre con ambos puños, temblando.
Todo estalló 1 viernes por la noche. Mateo regresó a su casa casi a la medianoche tras 1 jornada brutal bajo la lluvia. Al abrir la puerta, la voz de su madre retumbó desde la sala: “¡Pásale a ver a tu princesa, lleva 24 horas pudriéndose en la cama mientras tú te matas en la calle!”.
Con la cabeza a punto de estallar, Mateo entró a la recámara. El cuarto olía a humedad y encierro. Valeria estaba en la misma posición exacta que en la mañana. Hecha bolita, dándole la espalda a la puerta, aferrada a su cobija.
Mateo se acercó a la cama. Sentía que la sangre le hervía en las venas por una mezcla de rabia, fatiga y una angustia que no lo dejaba respirar.
—Valeria, ya fue suficiente. Dime la verdad en este instante, ¿qué te está pasando? —exigió él, con un tono duro y perdiendo por completo la paciencia.
Ella comenzó a temblar de forma violenta, cerrando los ojos. 1 lágrima gruesa rodó por su rostro. “No, Mateo, te lo ruego… no me veas”, suplicó ella, con una voz tan desgarrada y llena de terror que a él se le heló la sangre en las venas.
Harto de los secretos oscuros y de las intrigas diarias de su madre, Mateo agarró la orilla de la pesada cobija y dio 1 fuerte tirón hacia atrás. Era imposible creer la aterradora pesadilla que estaba a punto de desatarse ante sus propios ojos.
PARTE 2
Al retirar la cobija de golpe, el mundo entero de Mateo se derrumbó en 1 fracción de segundo.
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