PARTE 1
Alejandro Garza detuvo su lujosa camioneta negra en la esquina de una ruidosa avenida muy cerca del Periférico, en la Ciudad de México. El calor del asfalto sofocaba, pero él sentía un frío glacial en el pecho. Sus manos temblaban mientras sostenía un fajo de volantes con la fotografía de su hijo. Mateo sonreía en esa imagen, poseyendo esa inocencia pura de 10 años de edad que no comprendía lo cruel que podía ser el mundo. Debajo del rostro del niño, las palabras impresas golpeaban a Alejandro como 1 mazo: “Desaparecido. Mateo Garza, 10 años. Recompensa: 500000 pesos”.
Habían pasado 3 meses desde que Alejandro llegó a su inmensa mansión en la exclusiva zona de Polanco y encontró únicamente 1 nota garabateada sobre la cama perfectamente tendida. “Papá, no me busques. Estoy bien, pero ya no quiero vivir en 1 casa vacía”. Alejandro había leído esas palabras unas 50 veces, intentando descifrar el mensaje. ¿Cómo podía llamar vacía a 1 casa que lo tenía todo? La habitación del niño estaba repleta de 20 videojuegos diferentes, computadoras de última generación y los juguetes más caros del mercado. Pero la culpa le susurraba la verdad al oído: la casa estaba llena de objetos, pero vacía de amor. Alejandro nunca estaba allí.
La calle estaba atestada de personas que corrían de 1 lado a otro, esquivando el tráfico pesado y el ruido ensordecedor de los cláxones. Alejandro se acercó a 1 poste de luz y pegó otro cartel, sintiendo que la desesperación le ahogaba. Había contratado a 3 detectives privados, acudido a todas las delegaciones de policía e incluso ofrecido recompensas millonarias en televisión, pero Mateo parecía haberse esfumado.
Mientras alisaba el papel contra el poste, sintió que alguien le jalaba la tela de su pantalón de diseñador. Alejandro miró hacia abajo y se encontró con 1 niña pequeña. No debía tener más de 8 años. Llevaba ropa manchada de tierra, el cabello oscuro y enmarañado, y unas chanclas rotas que apenas protegían sus pies del pavimento ardiente. Sin embargo, sus ojos oscuros eran penetrantes y extrañamente maduros.
—Señor —dijo la niña, apuntando con su dedo sucio hacia el volante recién pegado—. ¿Ese niño de ahí?
El corazón de Alejandro dio 1 vuelco violento.
—¿Qué? —preguntó, poniéndose de rodillas al instante—. ¿Tú lo conoces? ¿Has visto a mi hijo?
—Sí, lo conozco —respondió la niña con total naturalidad, sin inmutarse por la desesperación del hombre millonario—. Él vive conmigo.
Alejandro sintió que le faltaba el aire. ¿Viviendo con ella? ¿Cómo era posible que el único heredero de 1 imperio de 50000000 de pesos estuviera viviendo con 1 niña de la calle?
—¿Dónde está? —exigió saber, levantando un poco la voz—. Soy su padre. Llévame con él ahora mismo.
—Tranquilícese, señor —respondió la pequeña, evaluando al hombre de traje impecable—. Me llamo Ximena. Venga conmigo, pero le advierto que él no querrá hablar con usted. Él dice que usted le hizo mucho daño.
Alejandro caminó detrás de Ximena por 3 cuadras hasta llegar debajo de 1 enorme puente vehicular. Allí, rodeados del humo de los escapes y el ruido de los autos, había 1 campamento improvisado con lonas azules y cartones. Había al menos 15 personas, entre adultos y niños. Alejandro buscó frenéticamente hasta que su mirada se detuvo en el semáforo. Allí estaba Mateo. Su hijo llevaba 1 camiseta descolorida y pantalones cortos rotos, ofreciendo mazapanes a los conductores. Pero lo que destrozó a Alejandro fue ver que Mateo estaba sonriendo, 1 sonrisa que no había visto en su mansión en años.
—¡Mateo! —gritó Alejandro, dando 1 paso hacia adelante.
El niño giró la cabeza. Al ver a su padre, la sonrisa desapareció de golpe. Su rostro se llenó de pánico. En lugar de correr hacia él, Mateo soltó la caja de dulces, se dio la media vuelta y corrió a esconderse detrás de los pilares de concreto del puente, huyendo de su propio padre como si fuera el peor de los monstruos. Alejandro quedó petrificado en medio de la banqueta. No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
El silencio entre Alejandro y Ximena era ensordecedor, roto únicamente por el rugido del tráfico de la Ciudad de México. Alejandro sentía como si 1 cuchillo invisible le atravesara el pecho. Su hijo le tenía terror.
—Se lo dije, señor —murmuró Ximena, cruzándose de brazos—. Él siempre hace eso cuando ve pasar camionetas parecidas a la suya. Se esconde porque piensa que lo van a obligar a regresar.
—¡Soy su padre! —estalló Alejandro, con lágrimas de pura frustración asomándose en sus ojos—. ¡Yo nunca le levanté la mano! ¡Nunca le pegué! ¿Por qué huye de mí como si le hubiera hecho el peor de los daños?
En ese momento, 1 niño más alto, de unos 12 años, se acercó a ellos. Llevaba la cara manchada de grasa de motor pero tenía una postura protectora.
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