—No hace falta golpear a alguien para destrozarlo, señor —dijo el niño con una madurez escalofriante—. Me llamo Santi. Aquí todos somos la familia de Mateo ahora. Usted le dio 1 casa enorme, juguetes, ropa cara… pero no le dio lo único que 1 niño realmente necesita.
—Yo trabajaba 14 horas al día para darle el mejor futuro posible —se defendió Alejandro, sintiendo que su brillante carrera empresarial no valía nada frente a las palabras de ese niño de la calle.
—¿El mejor futuro para quién? —cuestionó Santi, mirándolo fijamente—. Mateo lloró durante 3 semanas cuando llegó aquí. ¿Sabe por qué lloraba? Porque sentía que a nadie en esa mansión le importaba si él respiraba o no. Nos dijo que usted llegaba de trabajar y se encerraba en su oficina. Nos dijo que la única vez que hablaba con él era para regañarlo por sus calificaciones.
Alejandro tragó saliva. La verdad era innegable y dolorosa.
—Ximena… Santi… por favor, necesito hablar con él. Solo 5 minutos. Déjenme explicarle.
—Nosotros no obligamos a nadie, señor —intervino Ximena—. Aquí en la calle, todos elegimos cuidarnos. Mateo es nuestro hermano ahora. Todos los domingos él se sienta en aquella esquina de allá, mirando los autos pasar. Se queda 4 horas sentado bajo el sol. ¿Sabe por qué?
Alejandro negó con la cabeza, sintiendo que las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas.
—Porque los domingos eran los días que usted le prometía que irían juntos a pasear a Chapultepec —continuó Ximena, sin piedad—. Él esperaba todo el día, y usted siempre llamaba para cancelar por 1 negocio urgente. Él aún lo espera, aunque sabe que usted no va a llegar. Y todas las noches, antes de dormir sobre los cartones, él saca 1 fotografía de su mochila. Es 1 foto donde usted lo está abrazando cuando él tenía 3 años. Le da las buenas noches a ese pedazo de papel, porque es el único padre que conoce.
Alejandro se dejó caer de rodillas sobre el concreto sucio. El dolor era insoportable. Era un hombre con 50000000 de pesos en su cuenta bancaria, pero había fracasado en la única tarea que realmente importaba. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar amargamente a la vista de todos.
De repente, el celular en el bolsillo de Alejandro comenzó a sonar insistentemente. Era su asistente. Lo sacó y vio la pantalla. Ese día tenía que firmar 1 contrato internacional con inversionistas extranjeros que le generaría 20000000 de dólares en ganancias. Alejandro miró el teléfono, luego miró el puente manchado de hollín y la esquina donde su hijo se escondía. Presionó el botón de contestar.
—Cancela la firma, cancela las reuniones, cancela todo —ordenó Alejandro con voz ronca.
—Pero señor Garza, perderemos 20 millones…
—No me importa si pierdo todo mi imperio. Hoy tengo la única reunión que vale la pena en mi vida.
Alejandro colgó y tiró el costoso teléfono al suelo. Se quitó el saco de diseñador, se arrancó la corbata de seda y se remangó la camisa blanca. Se levantó y caminó hacia la caja de dulces que Mateo había dejado tirada en la acera.
—Enséñenme —le dijo a Santi y a Ximena—. Enséñenme a trabajar aquí. Si mi hijo no quiere ir a mi mundo, yo voy a entrar al suyo.
Durante las siguientes 3 horas, el millonario Alejandro Garza se paró bajo el sol implacable de la Ciudad de México, caminando entre los autos detenidos por el semáforo en rojo, ofreciendo mazapanes y chicles por 5 pesos. Soportó los insultos, las ventanas que se subían en su cara y el cansancio agotador del asfalto caliente. No se rindió. Quería sentir lo que su hijo sentía. Quería ganarse el derecho de mirarlo a los ojos.
Desde la sombra del puente, Mateo observaba a su padre. El niño estaba asombrado. Nunca en sus 10 años de vida había visto a su padre sudar, ni ensuciarse las manos, ni mucho menos dejar de lado su orgullo. Lentamente, Mateo salió de su escondite y caminó hacia la avenida.
Cuando el semáforo se puso en rojo nuevamente, Alejandro sintió 1 pequeña mano tocar su brazo. Se giró rápidamente y vio a Mateo. Los dos se miraron en silencio.
—Estás vendiendo mal los mazapanes, papá —murmuró Mateo con voz temblorosa—. Tienes que sonreír más, o la gente no te compra.
Alejandro soltó la caja de dulces y envolvió a su hijo en el abrazo más apretado, desesperado y sincero de toda su vida.
—Perdóname, mi amor —lloraba Alejandro, aferrándose al cuerpo delgado de Mateo—. Perdóname por ser 1 idiota. Perdóname por creer que el dinero podía comprarte la felicidad. Daría toda mi fortuna en este instante solo para que me des 1 oportunidad de ser el papá que te mereces.
Mateo escondió su rostro en el pecho de su padre y comenzó a llorar, liberando todo el dolor de los últimos años.
—No quiero juguetes nuevos, papá —sollozó el niño—. Solo quiero que me preguntes cómo me fue en la escuela. Solo quiero que te sientes a cenar conmigo.
—Lo prometo. Te prometo que voy a cambiar. Trabajaremos juntos, jugaremos juntos. Volvamos a casa, Mateo.
Mateo se separó un poco y miró hacia atrás, donde Ximena, Santi y otros 2 niños pequeños los observaban.
—No puedo, papá. Ellos me cuidaron cuando yo estaba roto. Compartieron su comida conmigo cuando llovía y hacía frío. Ellos son mi familia ahora. Si me voy, los estaría abandonando.
Alejandro se puso de pie, limpiándose las lágrimas. Miró a ese grupo de niños valientes que le habían enseñado la lección más grande de su vida.
—La familia nunca se abandona, Mateo —dijo Alejandro con una sonrisa que le iluminó el rostro—. Y mi casa es lo suficientemente grande.
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