PARTE 1
—No vamos a ir al Día de la Familia, Mariana. Ya te dije que tengo junta urgente —dijo Alejandro, sin siquiera mirar la carita ilusionada de nuestra hija.
Sofía, con su vestido rosa y sus dos trencitas, bajó la mirada como si le hubieran apagado una luz por dentro. Tenía apenas cinco años y llevaba toda la semana hablando del evento en el kínder de Coyoacán. Había preparado un dibujo de “mamá, papá y yo” y hasta me pidió que le pusiera sus zapatos blancos “para que papá la viera bonita”.
Alejandro tomó su portafolio, fingiendo prisa.
—Además, tú tampoco deberías ir. Va a estar lleno de gente, mucho ruido, mucha pérdida de tiempo.
Lo vi cerrar la puerta y sentí algo romperse dentro de mí. No por mí, sino por Sofía, que apretaba su dibujo contra el pecho.
—Mami… ¿entonces papá no quiere ir conmigo?
Me arrodillé frente a ella y le limpié una lágrima.
—Tú y yo vamos a ir, mi amor. Mamá también cuenta como familia.
Cuando llegamos al kínder, los globos estaban colgados en la entrada y varias familias tomaban fotos. Sofía sonrió de nuevo, pero su sonrisa se borró cuando entramos al patio.
Ahí estaba Alejandro.
No en una junta. No trabajando.
Tenía cargado a un niño pequeño en un brazo y con la otra mano sostenía la de Regina, su amiga de la infancia. Los tres reían como si fueran una familia perfecta. El niño le decía algo al oído y Alejandro le acomodaba el cabello con una ternura que hacía meses no veía con nuestra hija.
Cuando Alejandro nos vio, soltó la mano de Regina como si quemara.
—Mariana, no malinterpretes —dijo rápido—. Regina es madre soltera. Hoy es cumpleaños de Mateo y solo quería sentirse acompañado por una figura paterna.
Regina bajó la mirada, pero no parecía avergonzada. Parecía molesta por haber sido descubierta.
—Alejandro solo quiso ayudar —dijo ella con voz dulce—. Mateo no tiene papá, pobrecito.
Miré al niño. Mateo abrazó el cuello de Alejandro y soltó, con toda naturalidad:
—Papá, tú prometiste estar conmigo y con mi mamá todo el día.
El patio se me vino encima.
Sofía levantó la cabeza confundida.
—¿Papá?
Alejandro se tensó, pero en vez de acercarse a nuestra hija, se puso delante de Regina y Mateo, como si ellos fueran los que necesitaban protección.
—Mariana, por favor. No hagas drama. Es solo un día. ¿No puedes tener tantita empatía?
Me reí, pero no de felicidad.
—¿Un día? Qué raro, porque una mamá acaba de saludarte como si vinieras aquí cada evento.
En ese momento, una señora pasó sonriendo.
—Buenos días, papás de Mateo. Qué gusto verlos otra vez juntos.
Alejandro palideció. Regina apartó la vista.
Sofía me apretó la mano.
—Mami, ¿por qué papá está con ellos?
Me incliné hacia ella.
—Porque a veces los adultos toman decisiones cobardes, mi amor. Pero tú no tienes la culpa.
A unos metros, varios padres rodearon a Alejandro. Lo saludaban con respeto, hablando de su cargo como director general de Grupo Alas, una empresa supuestamente manejada por él. Él sonreía con esa arrogancia que yo misma le había permitido construir.
Nadie sabía que el 75% de las acciones eran mías. Nadie sabía que su puesto existía porque yo, por amor y por vergüenza, se lo había dado.
Saqué mi celular y escribí dos mensajes.
A Recursos Humanos: “Juan, el lunes anuncia la destitución de Alejandro como director.”
A Legal: “Luis, prepara el divorcio. Lo quiero fuera de mi vida.”
Guardé el celular justo cuando anunciaron la primera actividad: construir una torre con bloques. El premio era una nave espacial de Lego. Sofía se emocionó tanto que casi olvidó lo ocurrido.
Trabajamos juntas. Su torre quedó preciosa. Cuando la maestra se acercó para felicitarla, Mateo corrió desde la mesa de enfrente y, de un manotazo, tiró todo al suelo.
—¡Ahora gano yo! —gritó.
Sofía, herida y furiosa, aventó un bloque que le rozó el brazo.
Alejandro llegó de inmediato.
—¡Sofía! ¡Pídele perdón a Mateo!
Mi hija se quedó helada.
—Pero él tiró mi torre, papá…
—No me importa. Discúlpate.
Entonces Mateo se plantó frente a ella y gritó:
—¡No le digas papá! ¡Él es mi papá!
El patio quedó en silencio. Y lo peor no fue el grito del niño. Fue ver a Alejandro cargarlo otra vez y decir:
—Hoy soy el papá de Mateo.
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