Sofía empezó a llorar como si le hubieran arrancado algo del pecho.
Y yo supe que lo que venía después no lo iba a poder creer nadie…
PARTE 2
Los murmullos comenzaron como abejas furiosas alrededor de nosotras.
—¿Entonces la niña de quién es?
—Yo pensé que Regina era la esposa.
—A lo mejor esa señora es la otra…
—Pobrecita niña, llamando papá a cualquiera.
Abracé a Sofía contra mi pecho mientras ella lloraba sin entender por qué su propio padre la dejaba sola frente a todos.
Alejandro escuchaba. Claro que escuchaba. Pero no dijo nada. Solo le limpiaba las lágrimas a Mateo, como si el niño que había causado todo fuera la víctima.
Regina, en cambio, me miró de reojo. No sonrió abiertamente, pero sus ojos brillaban con una victoria sucia.
La maestra intentó calmar la situación.
—Por favor, todos tranquilos. Son niños…
—No —la interrumpí—. Los niños repiten lo que escuchan en casa.
Regina frunció los labios.
—Mariana, estás exagerando.
Antes de que pudiera responder, una mamá, buscando quedar bien con Alejandro, soltó:
—La verdad Mateo sí se parece mucho al señor Alejandro. Hasta parecen padre e hijo.
El silencio se hizo más pesado.
Miré a Alejandro. En sus ojos vi algo que nunca había visto tan claro: culpa.
Fue solo un segundo, pero bastó.
Sofía lloraba tanto que su respiración se cortaba. Pedí a la maestra que nos llevara a una salita para tranquilizarla. Mi hija se quedó dormida después de casi media hora, con los párpados hinchados y las manitas todavía temblando.
Salí al pasillo y llamé a Juan y a Luis.
—Traigan al kínder la carta de destitución, el acta de matrimonio y el acuerdo de divorcio. Hoy mismo.
—¿Está segura, señora Mariana? —preguntó Luis.
—Más segura que nunca.
Colgué.
Entonces escuché un grito.
—¡Mamá!
Era Sofía.
Corrí por el pasillo y la encontré en el suelo, cerca de los baños. Mateo estaba frente a ella, con otros niños detrás.
—¡Eso te pasa por decirle papá a mi papá! —gritó, dándole una patada.
Sentí que la sangre me hervía.
—¡Aléjate de mi hija!
Los niños salieron corriendo. Me arrodillé junto a Sofía. Estaba doblada de dolor, con las manos en el estómago.
—Mami… me duele… él dijo que soy hija de una cualquiera…
No pude respirar.
Llamé a una ambulancia con la voz rota. Mientras la cargaba hacia la entrada, vi a Alejandro en el patio, riéndose con Mateo mientras Regina le limpiaba el sudor de la frente con una servilleta.
Cuando notó el movimiento, dio un paso hacia nosotras.
—¿Qué pasó?
Regina lo tomó del brazo.
—Alejandro, le prometiste a Mateo que estarías todo el día. No lo dejes triste.
Él dudó.
Dudó.
Y en esa duda perdió para siempre a su hija.
Subí a la ambulancia con Sofía. Ya no respondía bien. El paramédico levantó con cuidado su vestido y sus ojos cambiaron de inmediato.
—Hay que revisarla urgente. Tiene golpes fuertes.
Yo vi los moretones en su piel blanca, el hematoma en un costado, las pequeñas marcas en sus brazos. Y por primera vez en mi vida sentí odio de verdad.
En el hospital, las horas se volvieron eternas. Mi mamá llegó llorando, con la cara descompuesta.
—¿Cómo permitiste que ese hombre le hiciera esto a mi nieta?
No pude defenderme. Porque también me culpaba.
Cuando Sofía abrió los ojos, preguntó con una voz tan débil que me partió:
—Mami… ¿por qué papá no me defendió? ¿Ya no me quiere?
Le besé la frente.
—Tú eres mi tesoro. Y desde hoy, mamá te va a proteger de todo. Incluso de él.
Al regresar al kínder, las actividades seguían como si nada. La última era dibujar en familia.
Ahí estaban: Alejandro coloreando, Mateo recargado en sus piernas, Regina tomando fotos.
La imagen perfecta.
Mientras mi hija estaba en una cama de hospital.
Caminé directo hacia ellos y le di una bofetada a Regina. El golpe sonó en todo el patio.
Alejandro se levantó furioso.
—¿Estás loca, Mariana?
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