PARTE 1
“Si ese hombre vuelve a entrar al cuarto de mi hijo, jamás voy a poder perdonarme.”
Me llamo Mariana, tengo treinta y cuatro años y vivo en Querétaro con mi hijo Emiliano, de cinco. Desde mi divorcio con Arturo, hace tres años, aprendí a hacerme la fuerte. Me levantaba todos los días antes de las seis, preparaba huevito con frijoles, jugo de naranja y corría entre el kínder, el trabajo y la casa como si no tuviera derecho a cansarme.
Arturo pagaba la pensión, eso sí, pero casi nunca venía. Yo me convencí de que era mejor así. “No lo necesitamos”, me repetía, aunque a veces veía a Emiliano mirar con envidia a otros niños cuando sus papás los cargaban a la salida de la escuela.
Entonces apareció Raúl.
Mi mamá me lo presentó una tarde de domingo. Decía que era un hombre trabajador, consultor de sistemas, tranquilo, educado. Al principio no quise saber nada, pero Raúl fue paciente. Nunca me presionó. Lo que terminó ablandándome fue cómo trataba a Emiliano. Le llevaba carritos, jugaba futbol con él en el parque y hasta le leía cuentos antes de dormir.
Una vez, Emiliano lo abrazó y dijo:
—Mami, Raúl parece mi papá.
Sentí un nudo en la garganta. Por primera vez pensé que quizá Dios me estaba dando otra oportunidad.
Un sábado se mudó una señora mayor a la casa de al lado. Se llamaba Doña Carmen. Fui a saludarla con un pay de manzana. Ella me recibió con una sonrisa dulce, pero sus ojos me miraron demasiado fijo, como si ya supiera algo de mí.
—Gracias, hija —me dijo—. Y cuida mucho a tu niño.
No entendí por qué lo dijo así.
Dos semanas después, Raúl se quedó a dormir en mi casa. Cenamos enchiladas, vimos una película y Emiliano se durmió temprano. Todo parecía perfecto. Yo me quedé en la sala tomando una copa de vino con Raúl, imaginando una vida distinta.
Pero a la mañana siguiente, mi hijo no quiso desayunar. Miraba su plato como si estuviera muy lejos.
—¿Qué tienes, mi amor? —le pregunté.
Emiliano apretó la cuchara.
—Anoche desperté… y Raúl estaba en mi cuarto.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Qué hacía ahí?
—No sé. Me dijo que me durmiera. Que era un secreto.
Me quedé helada, pero luego hice lo que muchas madres hacen cuando el miedo es demasiado grande: busqué una explicación. Tal vez Raúl había ido al baño. Tal vez escuchó un ruido. Tal vez solo quiso revisar si Emiliano estaba bien.
Una semana después, Doña Carmen tocó mi puerta. Tenía la cara seria.
—Mariana, esta noche a las dos de la mañana trae a tu hijo a mi casa. Al segundo piso.
—¿A las dos? ¿Por qué?
Ella me miró sin parpadear.
—Porque hay algo que tienes que ver con tus propios ojos.
Esa noche envolví a Emiliano en una cobija y crucé en silencio. Doña Carmen ya me esperaba. Subimos a una habitación oscura. Ella señaló la ventana.
—Mira.
Me asomé… y la sangre se me congeló.
Un hombre con sudadera y capucha caminaba lentamente alrededor de mi casa. Revisó las ventanas, tocó la puerta principal, rodeó el patio y se quedó mirando fijamente la ventana del cuarto de Emiliano.
—¿Quién es? —susurré temblando.
Doña Carmen respondió:
—No lo sé. Pero lleva una semana viniendo todas las noches. Llega a las dos y se va a las tres. Exactamente.
Abracé a mi hijo dormido con todas mis fuerzas.
Mientras aquel hombre seguía mirando la ventana de Emiliano, entendí que algo horrible estaba pasando… y que yo había estado dormida frente al peligro.
PARTE 2
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