A la mañana siguiente llamé a la policía. Me escucharon, tomaron nota y prometieron mandar más patrullas, pero me dejaron claro que, mientras no hubiera allanamiento o daño directo, poco podían hacer.
Sentí una rabia impotente.
Doña Carmen llegó por la tarde con una caja pequeña.
—Vamos a poner cámaras —dijo—. Si vemos su cara, ya no podrán ignorarte.
Me sorprendió su firmeza.
—Mi esposo fue policía —explicó—. Aprendí a desconfiar de las casualidades.
Instalamos tres cámaras: una en la entrada, otra en el patio y otra apuntando hacia la ventana de Emiliano. Esa noche no dormí. A las dos exactas, el hombre apareció. Mis manos sudaban mientras lo veía caminar igual que antes. No forzaba nada. Solo revisaba, miraba, esperaba.
Los días siguientes fueron peores. Emiliano empezó a despertar llorando. Se aferraba a mí y repetía:
—No puedo decirte, mami. Es secreto.
Esa palabra me perseguía.
El jueves, Raúl vino después del trabajo. Me vio ojerosa y me tomó las manos.
—Me quedo esta noche. Si ese tipo ve que hay un hombre en la casa, no se va a acercar.
Quise sentir alivio. Y lo sentí. Esa noche dormí por primera vez en días.
A la mañana siguiente revisé las cámaras. El hombre no había aparecido. Pensé que Raúl tenía razón. Pero al revisar las grabaciones de toda la semana descubrí algo que me dejó sin aire: el encapuchado solo faltaba las noches en que Raúl dormía en mi casa.
Revisé los videos una y otra vez. En una grabación, el viento levantó un poco la capucha del hombre justo cuando pasaba bajo un poste de luz. Pausé. Acerqué la imagen. Ajusté el brillo.
Casi se me cayó el celular.
Era Arturo.
Mi exesposo. El padre de Emiliano.
Sentí coraje, miedo, confusión. ¿Por qué rondaba mi casa de madrugada? ¿Estaba obsesionado conmigo? ¿Quería quitarme a mi hijo?
Doña Carmen vio el video conmigo. Yo esperaba que se indignara, pero ella entrecerró los ojos.
—Mira bien, Mariana. No intenta entrar. No rompe nada. Está revisando puertas y ventanas.
—¿Y eso qué?
—Parece que está cuidando la casa, no atacándola.
No quise escuchar. Pero entonces recordé a Emiliano: “Raúl estaba en mi cuarto”. “Es secreto”. Y recordé que Arturo desaparecía justo cuando Raúl estaba dentro.
Con las manos temblando marqué el número de Arturo por primera vez en tres años.
—Mariana —contestó con voz cansada.
—Explícame por qué estás rondando mi casa como un delincuente.
Hubo un silencio largo.
—Porque no sabía de qué otra forma proteger a mi hijo.
—¿De qué hablas?
—Investiga a Raúl. Su verdadero nombre no es Raúl. Se llama Bruno Medina. Tiene antecedentes por delitos contra menores.
Sentí que el piso se hundía.
—Estás mintiendo.
—Ojalá fuera mentira. Desde que Emiliano me habló de él, noté algo raro. Sonreía, pero sus ojos no. Pedí ayuda a un conocido de fiscalía. Ese hombre ya fue denunciado en otros estados. Siempre se acerca a madres solteras.
Me faltó el aire.
—Mi mamá me lo presentó.
—Entonces pregúntale cómo lo conoció. Y pregúntale si recibió dinero.
Colgué con el corazón golpeándome el pecho.
Al día siguiente me reuní con Arturo en una cafetería llena. Se veía acabado, con ojeras profundas. Me mostró nombres, fechas, una foto antigua de Bruno. Todo coincidía.
—Pensé que no me ibas a creer —dijo—. Me pediste que no me metiera más en tu vida. Pero Emiliano sigue siendo mi hijo. Yo no podía quedarme cruzado de brazos.
Ese mismo día contacté a una investigadora especializada en delitos contra menores. Tres días después me llamó.
—Señora Mariana, necesito que se siente. Raúl Castañeda no existe. Su nombre real es Bruno Medina. Tiene denuncias relacionadas con hijas e hijos de madres solteras.
—¿Y mi hijo? —pregunté llorando—. ¿Le hizo algo?
—Llévelo hoy mismo con una psicóloga infantil. Y no permita que ese hombre vuelva a acercarse.
En ese instante entendí que el verdadero monstruo no estaba afuera de mi casa.
Había cenado en mi mesa.
PARTE 3
Leave a Comment