PARTE 1
“Si vuelves a abrir esa puerta, vas a ver con tus propios ojos lo poco que valías para ellos.”
Eso fue lo que me dijo mi mamá meses después, cuando todavía no podía pronunciar el nombre de mi esposo sin sentir náuseas. Pero aquella tarde de jueves, yo no sabía nada. Me llamo Mariana, tengo 34 años y vivía en Zapopan con Diego, mi esposo desde hacía siete años. Teníamos una casa bonita, dos perros rescatados y planes de tener un bebé antes de que acabara el año.
También tenía una mejor amiga: Fernanda. Mi hermana sin sangre. La mujer que me acompañó al IMSS cuando mi papá estuvo internado, la que lloró conmigo el día de mi boda y la que se sentaba todos los domingos en mi mesa a comer pozole como si fuera parte de la familia.
Ese día salí temprano del despacho porque se fue la luz en toda la oficina. Compré pan dulce camino a casa, pensando que Diego y yo podríamos cenar café con conchas, ver una película y descansar. Cuando entré, olí mole calentándose en la cocina. Diego casi nunca cocinaba entre semana.
—¿Llegaste? —preguntó, sobresaltado.
Su cara cambió apenas me vio. Fue un segundo, pero lo noté. Culpa. Miedo. Algo.
—Se fue la luz —dije—. Te traje pan.
Él sonrió, pero no se acercó a besarme. Dijo que estaba ocupado, que el mole se podía cortar. Me senté en la barra, tratando de ignorar ese nudo raro en el estómago.
Entonces su celular vibró.
Estaba junto a mí, boca arriba. La pantalla se iluminó con un mensaje de Fernanda:
“Mi amor, no aguanto más. ¿Ya se fue Mariana?”
Sentí que el cuerpo se me vació.
Miré a Diego. Él seguía de espaldas, moviendo la olla. Tomé el celular con manos temblorosas. No tenía contraseña. Siempre presumía que “en esta casa no había secretos”.
Abrí el chat.
Había mensajes de meses. Fotos. Audios. Bromas sobre mí. Frases que me partieron algo por dentro: “Ella ni se imagina”, “cuando la veo contigo me da risa”, “algún día vas a dejarla”.
Mi mejor amiga. Mi esposo. Los dos burlándose de mí en mi propia cara.
No lloré. No grité.
Escribí desde el celular de Diego:
“Ven. Mariana salió. Tenemos la casa sola.”
Puse el teléfono donde estaba.
Cinco minutos después, sonó el timbre.
Diego tomó el celular, leyó la respuesta y se puso blanco.
—¿Qué hiciste? —susurró.
Me levanté sin contestar. Caminé hacia la entrada mientras él repetía que no abriera. Pero yo necesitaba verla.
Cuando abrí, Fernanda estaba ahí, maquillada, con vestido negro y el perfume caro que yo le había regalado en su cumpleaños.
Sonrió, hasta que me vio.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
—¿Mariana? —dijo Fernanda, como si la intrusa fuera yo—. ¿Qué haces aquí?
—Vivo aquí —respondí—. ¿Se te olvidó?
Detrás de mí, Diego apareció en el pasillo. No dijo nada. No hacía falta. Su cara lo confesaba todo.
Fernanda intentó retroceder, pero yo salí al porche y cerré la puerta detrás de mí. No quería que los vecinos escucharan, aunque una parte de mí deseaba que toda la colonia se enterara.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Ella bajó la mirada.
—Mari, yo…
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